La semana pasada acudimos a la Exposición Universal de París de 1900, esta vamos a cruzar el Atlántico con la delegación española que viajó a Estados Unidos para participar en  la Exposición Universal de 1876 o Exposición del Centenario, que se celebró en Filadelfia del 10 de mayo al 10 de noviembre. Año en el que además se conmemoraban los 100 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

Gracias a La Ilustración Española y Americana de 8 de abril de 1876,  he conocido esta historia en la que una delegación española que fue objeto de un recibimiento con grandes honores por parte de los americanos. La delegación hizo una entrada triunfal en Filadelfia, ciudad en la que se le dispensó un recibimiento digno de una visita de estado, tal y como lo cuenta Alfredo Escobar, el periodista de La Ilustración que cubría el viaje y fue informando al semanario de forma puntual mediante sus “Cartas desde Filadelfia”. Algo así como la historia que cuenta la película de Berlanga, pero al revés.

¿Españoles perezosos? Necesitamos un cambio de marca personal rápido

Nuestra delegación partía con un hándicap: “nuestro carácter algo perezoso, acostumbrado a agotar en el último instante sus esfuerzos”. Pero los estereotipos a veces no encajan con la realidad y cuál no sería el asombro de los americanos que, esperando a gente un poco vaga, comprobaron que los españoles no solo llegaron los primeros a Filadelfia sino que también “se pusieron a trabajar  con verdadero entusiasmo”. Y, frente a otras naciones que no se habían afanado en el montaje de sus pabellones –faltaba menos de un mes para la inauguración de la Exposición Universal-  “España presenta casi terminadas sus instalaciones”, lo que los americanos “agradecen (…) y esperan con ansia corresponder” (casi lo mismito que ahora).

Para quitarnos de encima el sambenito  de la vaguería y necesitados de un cambio de marca personal rápido nada mejor que contar “con un destacamento de ingenieros militares para construir las instalaciones, que no solamente serviría de guardia de honor para España, sino que nos proporcionaría hábiles obreros que dejarán bien puesto nuestro pabellón”. Los de siempre arrimando el hombro ¿no les suena esto? A mí, mucho.

Un recibimiento con honores, magnífico

La delegación española, el cónsul de España y los ingenieros militares hicieron su entrada triunfal en Filadelfia “advertidos de que iba a ser magnífica” pero lo que allí les esperaba superó todo lo imaginable, tal y como narra Alfredo Escobar:

El cuerpo de milicia, de gran uniforme, los esperaba en la Estación, y apenas divisaron el coche que los conducía, rompieron el silencio los acordes majestuosos de la marcha Real de España, que el simpático Conde del Donadio se encargó de proporcionarles el día anterior, para causar tan agradable sorpresa a nuestros soldados”.

Como vemos, alguien se encargó con anterioridad de facilitar la partitura del himno de España vigente a quienes rendían honores, para que no acabasen tocando el himno de Riego (oficial durante la I República, 1873-1874).

El respeto a la bandera: propia y del país visitante

Hechos los saludos de ordenanza a la bandera americana, el coronel Green, del ejército de los Estados Unidos, presentó al digno cónsul de España, D. Juan Morphy dos elegantes banderas españolas, de seda con el escudo primorosamente bordado en el centro, como prueba de simpatía por España, y haciéndose intérprete de los sentimientos de la ciudad hacia nuestros valientes soldados”.

El cónsul agradeció el detalle y ofreció una de las banderas “a aquel distinguido cuerpo de milicia, que tan galante ha sido con los españoles, para recuerdo de los soldados, y entregó la otra a uno de éstos, que la llevó ondeando por la ciudad en el paseo triunfal que dieron por las calles”.

Desfile triunfal por las calles de Filadelfia con piscolabis para terminar

La marcha de la comitiva desde la estación hasta la Armería, donde se les tenía preparado un suculento lunch, fue la de un ejército amigo. La multitud se apiñaba en las calles principales por donde se anunció que pasarían, cubiertas éstas de escudos y banderas, ondeando en lugar preferente las españolas”.

Nuestra bandera fue objeto de la máxima cortesía internacional: ubicarla en lugar preferente, por delante de la americana o flanqueada por dos americanas.

La escena fue como la de Villar del Río (Bienvenido Mr. Marshall) pero al revés, quienes jaleaban eran los americanos y a quienes se hacía honra, los españoles, quienes además estaban presentes, no como en la película de Berlanga, que se vitoreaba a quien no se detuvo.

El triunfo de la amistad

Continúa Escobar su relato con el ágape ofrecido en la Armería: “Contemplar a unos soldados y a otros, mezclados; soldados que no ese entienden, pero que se abrazan con efusión, que simpatizan mutuamente y que se obsequian de mil maneras; verlos cambiar las prendas de uniforme y examinar sus armas con cuiosidad; verlos bailar juntos a los sones de todo lo que se tocaba y lanzar vivas a España en la lengua de Shakespeare, y a los Estados Unidos en la de Cervantes, son escenas que siempre conmueven, que siempre hacen latir el corazón, y hoy más que nunca, que sobre el ejército español brilla la aureola inmortal de la victoria”.

La delegación española fue agasajada en todos los lugares en los que se detuvo antes de llegar a Filadelfia, y en esa ciudad: los recibió el alcalde, se les ofreció un banquete y participaron en otras muchas actividades en las que fueron destacados protagonistas.

Todo ello porque “este pueblo, curioso y novelero como todos, se encuentra honradísimo con que el destacamento de ingenieros  venga a la fiesta de Centenario, y no sería extraño que alguna rica lady, prendada de la gallardía de algún soldado, que es gente toda granada y de valor en todos los conceptos, no desdeñara unir su blanca mano con la tosca del soldado (…) tan valiente y arrojado cuando se ponen hombres por delante, como débil, cortés y enamorado cuando se trata de las hijas de Eva”.

A modo de conclusión

Al leer el artículo de Escobar que ha servido de base para montar esta entrada, y a la luz de las relaciones España-USA en la actualidad, no pude evitar recordar la magnífica película de Berlanga, Bienvenido Mr.  Marshall. Claro que había que darle la vuelta a la historia y que los esperados fuésemos nosotros, los españoles, que además iban para quedarse una temporada y participar en un gran evento. Por eso no sería extraño meterse en la piel de D. Pablo e imaginar a los americanos cantando: “¡Os recibimos, españoles con alegría, viva el tronío de ese gran pueblo con poderío!”, en aquel inglés imaginado que Pepe Isbert utilizaba magistralmente en la película.

La conclusión de protocolo: importancia del respeto a los símbolos y a las normas de cortesía aplicadas en protocolo internacional sobre la preeminencia de las banderas visitantes.

Fuente del texto: digitalizada en la Hemeroteca Digital.

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