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En la madrugá sevillana de 1882  desfiló la Cofradía de San Antonio Abad, llamada del Silencio, denominada así “en razón a que  para el buen orden de la cofradía, no se usaban otras voces que las de cuatro roncas trompetas”.

Esta cofradía, que llevaba desfilando en Viernes Santo desde tiempo inmemorial, llamó la atención del periodista de  La Ilustración que dio cuenta de la misma en el número XIV de 15 de abril de 1882 recogiendo el riguroso orden de su desfile, que era el siguiente:

Delante la Santa Cruz de Jerusalen, que acompañaban ocho nazarenos con vela de 6 libras de cera, dos diputados con varas y dos nazarenos con bocinas.

Seguía el cuerpo de mujeres, hermanas y devotas, con velas de media libra de cera, encendidas, cuyo número no baja de 300, dirigidas por hermanos eclesiásticos diputados con varas.

Continuaba el estandarte, que acompañaban cuatro nazarenos con hachetas de cera de cuatro libras.

Seguía un cuerpo de devotos y hermanos con traje militar con velas de una libra, que ascendía a 200.

Iba después el Senatus acompañado de otros cuatro nazarenos con hachetas de cuatro libras.

Después 24 nazarenos con cirios de seis libras; dos con bocinas; los competentes nazarenos diputados con canastillas, y el paso del Señor acompañado de toda la hermandad, con varas de plata.

Toda la cera que iba hasta este punto en la procesión, a excepción de la de las mujeres, era de color morado y la que le seguía, blanca.

A continuación del paso del Señor seguía el Sin Pecado, acompañado de 4 nazarenos con hachetas de cuatro libras, dos con bocinas y dos diputados con varas.

Seguía otro trozo de hermanos y devotos con traje militar y velas de a libra, en número de más de ciento.

Después la cruz parroquial, veinticuatro nazarenos con cirios de 6 libras, dos con bocinas y competentes canastillas de gobierno; en el centro, la citada bandera llevada al hombro por un nazareno.

A continuación el paso de la Virgen, acompañado del hermano mayor; otros oficiales de la hermandad y el Comendador de la Orden de San Antonio Abad, todos con varas de plata.

Detrás el clero  parroquial, que cerraba la procesión, que nunca llevó trompa ni tambores ni música. Solo iban delante de cada paso dos oboes y un bajón tocando sonatas muy fúnebres y cortas”.

El riguroso orden del desfile de esas casi 1.000 personas durante la madrugá de aquel Viernes Santo, la iluminación de las velas, la indumentaria y el silencio en el que desfilaban, impresionaron tanto al redactor D. Benito Más y Prat como al ilustrador, D. Juan Comba, y así lo plasmaron ambos.

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