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El viernes es San Isidro y en Madrid no estamos de fiestas por primera vez en muchos años. Así que en este blog nos vamos a ir a un año en el que sí se celebraron. El 15 de mayo de 1875 La Ilustración Española y Americana, publicaba un grabado a toda página de Daniel Perea sobre la Fiesta de San Isidro del Campo. En realidad era una composición de varias escenas relacionadas con la romería que se comentaban en el semanario en el apartado “Nuestros Grabados” y que es la imagen destacada de este post.

El redactor que comenta el grabado comienza señalando que la romería de San Isidro es “la más característica y señalada de este pueblo incomparable (…) que busca con vivo anhelo pretextos honrosos para divertirse”.

De este comentario  extraemos los dos rasgos fundamentales de toda fiesta en honor a un Santo Patrón: la devoción y  la diversión. ¿Están ambos reflejados en el grabado?, ¿qué importancia tiene cada uno para el artista? Aunque lo pueden ver en la reproducción del grabado, lo comentamos a continuación.

El pretexto honroso: la devoción

Si trazamos dos líneas horizontales podemos dividir el cuadro en tres partes. En la parte superior, a la que llamaremos primer tercio, aparecen dos representaciones del pretexto honroso: la devoción. En el centro vemos resaltada en un medallón “una joven madre (…) presenta a su hija ante el altar donde se venera la imagen del Santo Labrador, para que deposite en él, como sencilla ofrenda de la inocencia, ramos de olorosas flores”.

A la derecha de esta imagen vemos la ermita del Santo “por cuya ancha puerta entran y salen los romeros que van a adorar la reliquia”.

Hasta aquí el pretexto honroso, la devoción solo ocupa dos tercios de un tercio (o lo que es lo mismo, dos novenos).

El verdadero objetivo: la diversión

Que la diversión es el verdadero objetivo de la romería queda clara en la importancia que le da el dibujante. El resto de la composición se dedica a la parte lúdica de la fiesta del Santo Patrón.

A la izquierda del medallón en que la niña ofrece las flores al Santo vemos la primera muestra de diversión: “un animado baile campestre, bajo el toldo de un puesto de vinos”; en primer plano uno de los bailarines a quien el vino le está haciendo ya efecto.

En el segundo tercio  vemos una gran cantidad de personas sentadas bajo un toldo en el que leemos “Fonda”. La Ilustración señala que es un recuerdo “a las fondas más aristocráticas, en las cuales si el pavo trufado se sirve duro y el Champagne carece de aroma, suelen dejar los comensales un bolsillo bien repleto”.

La diversión destinada a los “alegres y poco aprensivos” también tiene su hueco en el grabado y aparecen representados en los “columpios y caballitos del Tío Vivo”.

Otros que también buscan diversión pero lejos del mundanal ruido son “las parejas de enamorados que se alejan de la bulliciosa pradera” y de la ermita, en busca de lugares más discretos donde demostrarse afecto (sin testigos, imaginamos).

En primer plano, ocupando parte del medio y el pie de página vemos a una oronda pareja del brazo. Representa a “los maridos complacientes que dan el brazo a su mujer y con el otro abarcan el indispensable botijo, el manojo de espárragos, la imagen del Santo (y) el tradicional silbato”. Podrían decir ustedes: “bueno, también hay una muestra de devoción, lleva una imagen del Santo”. No sé a ustedes pero a mí me parece que no hay mucha devoción llevando al Santo cogido como si fuera una muñeca de la tómbola, entre el botijo y el manojo de espárragos.

A la romería unos van a pie y otros no

Lo suyo es que los romeros vayan andando; hacer el camino a pie es en sí una muestra de devoción. Además Madrid en 1875 no era tan grande como para no poder hacerlo. Seguramente habría algún romero que lo haría, pero aquí estamos hablando también de diversión y las cuestas se suben y bajan bien a primera hora del día, cuando el objetivo es llegar a la ermita, escuchar misa y comer. Pero por la tarde, tras un día de fiesta, bailes, vino y Tío Vivo, la cuesta arriba debía parecerle al romero como los 200 últimos metros de subida hasta la cima del Everest sin oxígeno. Por eso en el grabado aparecen los medios de transporte: “ómnibus, diligencias, calesas y carricoches de cien hechuras e insoportable movimiento, que van y vuelven desde la Puerta del Sol (…) atestados de gente”.

Regreso al futuro

145 años más tarde, Madrid sigue celebrando la fiesta en honor a su Santo Patrón (aunque este año se celebre en confinamiento). Ya no dura sólo un día; aunque el principal sea festivo, ahora se denominan “fiestas” y se alargan casi una semana (o más, si de corridas de toros hablamos). Si aquellos madrileños levantasen la cabeza no darían crédito a los festejos que estos días conmemoran al Santo Patrón de los Labradores (gremio del que no quedan muchos representantes en la capital de España). Lo que es seguro es que, si les gustaba la fiesta tanto como para ocupar 7/9 de un grabado, se apuntarían a la diversión sin problema.

¡¡Felices fiestas patronales, protocoleros!!

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