Rigurosa etiqueta en un banquete fraternal con periodistas

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El gastrónomo rapsoda y entendido en arte que habita en el Anaquel

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La romería de San Isidro del Campo, una costumbre madrileña

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Las tribulaciones del deambulador apareció por primera vez en Protocol Bloggers Point el 15 de agosto de 2014.

No hace mucho, cuando recibíamos una llamada en el trabajo descolgábamos el receptor y hablábamos sin movernos de nuestro puesto, no eran conversaciones excesivamente largas (hablar por teléfono era caro) pero si muy resolutivas.

Las cosas han cambiado, y mucho. La posibilidad de movilidad que nos proporciona el teléfono móvil  hace que con frecuencia nos levantemos de nuestro puesto y deambulemos alrededor de la oficina, hablando y gesticulando, ignorando a los que están a nuestro alrededor intentando concentrarse en su trabajo.

Rara es la oficina abierta en la que no hay un deambulador (le pongo sexo porque es más frecuente en el masculino) que en cuanto recibe una llamada se levanta, comienza a hablar -habitualmente elevando el tono de voz-  y gesticular al mismo tiempo. Los que están a su alrededor se sienten incómodos, el tono de voz molesta y desconcentra, los gestos son innecesarios y un punto ridículos.

Desconcentrados  y fastidiados, quienes rodean al deambulador dejan de trabajar pasando a prestar atención a la conversación impuesta.  El paso siguiente es “participar” en la misma. Eso sucede cuando quien está escuchando se inventa la parte del diálogo que no puede oír y, cuando el deambulador finaliza la conversación, en lo que es el colmo de la indiscreción, manifiesta su opinión sobre lo que no ha podido escuchar o directamente le pregunta al deambulador de qué y con quién estaba hablando.

Es más, muchas veces tras finalizar la conversación deambulador y escuchante se enzarzan en una charla en la que este último procede a murmurar, criticar y dar su parecer sobre una situación que no le incumbe (sobre todo si es a nivel personal). Mala, mala, malísima educación por todos lados.

El cartel que acompaña tiene una doble intención a mi entender, aunque  dirigido a quien deambula (a quien se pide discreción y que baje el tono de voz) debería aplicarse -en lo que a discreción se refiere- también a quien escucha; el hecho de estar fastidiados por la llamada no debe dar pie a participar en la misma.

Queridos protocoleros, cuando alguien deambule por la oficina con el teléfono a la oreja, pidámosle por gestos que baje el tono de voz, a ver si así percibe nuestra incomodidad por tener que escuchar lo que dice. Y evitemos la indiscreción de escuchar lo que no nos incumbe.

Fuente de la imagen: Pinterest.

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