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La sombrilla de mano: un complemento de lo más cotilla

Las mujeres de antaño vivían rodeadas de complementos de moda que hablaban. Por un lado estaban los que ella utilizaba para hablar sin palabras y enviar mensajes al receptor adecuado: las joyas, el abanico, el pañuelo, los guantes o las flores y por otro los que...

Las mujeres de antaño vivían rodeadas de complementos de moda que hablaban. Por un lado estaban los que ella utilizaba para hablar sin palabras y enviar mensajes al receptor adecuado: las joyas, el abanico, el pañuelo, los guantes o las flores y por otro los que tenían vida propia y expresaban, sin que su portadora se diese cuenta, su estado de ánimo. En esta última categoría estaban las sombrillas o parasoles de mano, para las cuales la discreción que subrayaba el refranero del viernes pasado no era lo más importante, no. Estos complementos veraniegos eran unas auténticas cotillas (la no sincronización en género no es un lapsus).

Sobre la sombrilla su uso y lenguaje, he encontrado un artículo en el “Almanaque del Buen Tono” (1903). Ni que decir tiene que he aprendido bastante con su lectura, y lo pondré en práctica, porque soy de las que en estos meses que Lorenzo cae a plomo, paseo con un paraguas de tonos claros tratando de evitar esa luz cegadora.

Generalidades sobre la utilidad y el uso de la sombrilla

El artículo abre con una explicación de la utilidad de la sombrilla y da unas indicaciones para su uso correcto y acorde a las normas de la elegancia.

La sombrilla era un objeto de primera necesidad en verano, como el paraguas lo era en invierno. Pasear con una sombrilla requería conocer la posición del sol en el horizonte para poder inclinarla de forma que cubriese el rostro de los rayos del astro rey.

Realizar esa inclinación con elegancia requería sujetar la sombrilla con la mano correcta. Si el sol entraba por la derecha, la sombrilla se debía sujetar por el mango con la mano derecha, y viceversa. Había que estar muy atenta al cambio de posición del sol para cambiar de mano la sombrilla con naturalidad, sin forzar el movimiento, porque “un objeto bonito y elegante debe ser manejado bonita y elegantemente”, sentenciaba.

Sombrilla: elegancia y armonía

Continúa el artículo dando indicaciones sobre colores más o menos favorecedores para las sombrillas recalcando la necesidad de mantener en las mismas una armonía con la indumentaria de su portadora, quien debe evitar “posiciones violentas para llevar la sombrilla, porque nada hay más reñido con la elegancia que la afectación”.

En este sentido concluye: “Es indiscutible que, siendo ante todo un objeto de utilidad, contribuye poderosamente a realizar la elegancia de la toilette, y en este concepto debe procurarse no solamente que su manejo sea gracioso, distinguido, sin afectaciones que resultan ridículas, sino también que su color favorezca a la que la lleva, y armonice, no solamente con su semblante, sino también con la indumentaria”.

La sombrilla: una auténtica cotilla

La publicación dedica un amplio espacio al lenguaje de la sombrilla. De ella dicen que es “un elocuente medio de expresión, que involuntariamente revela el estado de ánimo de la dueña”. Esto la convertía en una forma muy eficaz de  “descubrir los secretos del corazón femenino” ya que su manejo facilitaba muchos datos “del temperamento y carácter de su portadora”.

Algunos ejemplos ilustraban esta afirmación:

  • Si una mujer caminaba llevando  la sombrilla de forma descuidada, sin cubrirse de los rayos del sol: “había razón para suponer que el pensamiento de la interesada estaba preocupado hasta tal punto que no le permitía sentir los rigores del sol”. Esto haría saltar todas las alarmas de quienes la observaban, ya las imagino cuchicheando: “la ha dejado el novio”, “esta no se casa”, o similar.
  • Si se paseaba por la playa con la sombrilla cerrada y haciendo dibujos en la arena con la contera, indicaba que su dueña estaba sumergida  “en hondas meditaciones, generalmente triste”. Otra prueba más de que el novio la había dejado.
  • Si se sujetaba la sombrilla con ambas manos, una en la contera y la otra en el mango, y se mantenía en esa posición con los brazos caídos delante del cuerpo, su portadora demostraba “impaciencia y deseo de que llegue pronto el grato suceso que se aguardaba”. Es decir que el objeto de sus desvelos -el novio- estaba a punto de aparecer en el paseo.
  • Si la sombrilla se sujetaba de la misma forma anterior pero los brazos estaban en la espalda, la portadora estaba cansada y aburridísima. Es decir que la charla que tenía lugar a su alrededor era soporífera y era el momento de cambiar de tema o de compañía.
  • Si la sombrilla estaba plegada y la sostenía con el brazo derecho, su portadora indicaba que  todo lo que sucedía a su alrededor le era indiferente y le despreocupaba absolutamente. El posible galán que estuviera con ella ya se podía dar por enterado.

Los complementos y sus lenguajes: una fuente de estrés

Como decía al principio las mujeres de siglos pasados vivían rodeadas de complementos que, a menudo, hablaban por ella conforme o contra su voluntad. Una fuente de estrés de primer orden. Imaginen ustedes la sincronización de todos esos lenguajes porque todos ellos debían decir lo mismo, para no enviar mensajes contradictorios al receptor. Pero sobre todo había que vigilar a la sombrilla, que podía arruinar todo el montaje no verbal de los otros complementos, ya que era la única que expresaba los verdaderos sentimientos de su portadora. Una auténtica cotilla si lo que se quería era ocultarlos.

Yo seguiré saliendo con mi paraguas-sombrilla, sujetándolo con la mano que me venga bien en ese momento, dibujando en la tierra húmeda o espantando palomas u otros bichos voladores. ¡Ah! Y me importa un pepino si me tachan de excéntrica, que a mí los rayos directos de Lorenzo me hacen mucha pupa.

Fuente del texto: El Almanaque del Buen Tono (1903) que pueden encontrar el la Biblioteca Digital Hispánica.

Fuente de la imagen “Morning Walk” John Singer Sargent: Pinterest

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