En una de las últimas clases que di antes de las vacaciones de diciembre un alumno me preguntaba cuánto suele durar un banquete y le respondí: “cuando veas que el invitado tiene las mejillas sonrosadas, es el momento de acabar”. Bromas aparte, recordé en ese momento un artículo titulado “La duración de un banquete” que había leído en El Almanaque del Buen Tono de 1903 en el que hablaba del lapso temporal de las comidas de agasajo. El autor del artículo tiraba de la Historia para comentar que los banquetes solían durar entre 30 minutos (los de Napoleón I) y dos horas (lo más habitual). Ni tan rápido como los de Napoleón I, que se disfrutaban siempre y cuando se fuese comido o cenado de casa, porque la media hora se iba en el cambio de platos, ni que supere las dos horas, porque cualquier banquete de mayor duración requeriría invitación a siesta y merienda ¡pfff! . Vamos que ni calvo ni dos pelucas, que diría el refranero.

Dice el autor del artículo que dos horas –aproximadamente- es el tiempo que el invitado necesita para “quedar completamente satisfecho de haber comido con la tranquilidad y reposo necesarios para hacer una buena digestión”. Tomemos ese dato como referencia, pero no olvidemos el tema de los colores que dan título a esta entrada: sonrosado y sonrojado. Como no es elegante que el anfitrión esté mirando el reloj constantemente –lo que indicaría incomodidad- lo mejor es que esté atento a los cambios físicos que aparecen el semblante de sus invitados: la placidez y el color sonrosado de las mejillas. Ese es el momento.

La cara del invitado es el espejo de su alma en un banquete. Un rostro plácido y “los sonrosados colores que asoman” a sus mejillas son el indicador perfecto para el anfitrión; es el momento indicado para alzar la copa y hacer un último brindis, pronunciar unas palabras de agradecimiento y levantarse de la silla, dejando la servilleta sobre la mesa.

Si espera un poco más y el color sonrosado de las mejillas pasa al sonrojado de la nariz, malo, malo, malo, el banquete se va a alargar más allá de lo previsto y habrá que ir preparando la merienda o la recena.

Si el anfitrión no quiere brindar porque el sonrosado está a punto de transformarse en sonrojado ¿qué puede hacer para informar a sus invitados remolones que le ha sido muy grata su compañía pero el tiempo vuela y llega el momento de marcharse? Pues eliminar el paso del brindis y levantarse de la mesa al tiempo que lanza a sus invitados una pregunta retórica: “¿Les parece a ustedes que pasemos al salón para tomar café?”.

Me hizo gracia el artículo cuando lo leí hace ya algún tiempo y reconozco que muchas veces, en las comidas con amigos, observo el cambio en el semblante –del sonrosado al sonrojado–  y me río para mis adentros ¡¿cómo estará mi cara?! Claro que cuando se come con amigos la cosa cambia bastante, nada que ver con un banquete de compromiso. Con amigos las horas pasan volando y la comida se alarga con una buena sobremesa, un café, otro y otro … merienda y cena.

Fuente del texto: disponible en Biblioteca Digital Hispánica.

Fuente de la Imagen: The King Drinks, 1640 – Jacob Jordaens – WikiArt.org

¡¡Feliz año, protocoleros!!

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