La primera regla a practicar en el golf: la cortesía

Los buenos modales, la buena educación, la cortesía, la urbanidad, o como quiera que denominemos a las normas de comportamiento social, deben estar en el kit básico de supervivencia que llevamos en nuestra bolsa de deporte.  Entre esas normas están: el juego...

«¡No sin mi hijo!», sobre la integración de los niños en la vida social de los padres (I) [Revisión]

«¡No sin mi hijo!», sobre la integración de los niños en la vida social de los padres es la revisión de una entrada que, con el título: «¡No sin mi hijo!», sobre niños y vida social de los padres, publiqué en Protocol Bloggers Point el 4 de noviembre de 2015. Toda...

Veraneo y veraneantes de principios del siglo XX

Verano extraño el que nos tocará este año, aunque no nos podamos mover de casa o de nuestro entorno habitual, el calor hace pensar a los veraneantes en playas, arena, olas rizadas, largos paseos por senderos, altas montañas o simplemente pasar la tarde a la sombra...

Hace unos días compartía un post sobre las ventajas de escribir a mano, porque nos ayuda a concentrarnos, a repensar lo que escribimos, a razonar, y eso me ha hecho pensar en que hubo un tiempo en el que el intercambio de correspondencia era lo más habitual.

Escribir cartas era habitual y se escribían para todo. Las dos que les incluyo aquí como ejemplo eran habituales hace un siglo. Si un caballero deseaba formalizar su relación con una señorita, le escribía al padre solicitándole autorización; si por algún motivo deseaba romper esa relación, también se lo comunicaba por escrito al padre, manifestándole su pesar por la ruptura. Un derroche de buenas maneras, todo muy educado y elegante; para quienes no tuvieran el don de la palabra escrita, había libros como “El Consultor de los Enamorados“, que le echaba una mano al que era parco en prosa y le urgía autorización para el cortejo o necesitaba con premura comunicarle a su ex futuro padre político que su hija se iba a quedar “compuesta y sin novio“.

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Carta 1: autorización para el cortejo. La pareja ya tenía una relación que se quería “formalizar” y además el futuro novio tenía  el “consentimiento” de la joven para dar este paso.

Línea de saludo y despedida son muy formales: “Respetable señor mío” es una expresión muy formal, le hace saber al futuro suegro la consideración que le tiene. Y la despedida en abreviaturas: s. (su) s. (servidor) q. (que) l. (le) b. (besa) l. (la) m. (mano), es una señal de máximo respeto.

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Carta 2: ruptura de relaciones. Lo que en un momento creyó que era amor, al final no lo era y después de “hondas y serias reflexiones” (ya hemos dicho que escribir a mano permite la reflexión, y como) es consciente de que él y ella  no habían “nacido” para entenderse porque sus “caracteres no se avienen” (lo que la prensa rosa hoy día llama “diferencias irreconciliables” o “incompatibilidad de caracteres“). Eso si, habla maravillas de la joven, por si es necesario que el padre muestre esta carta a otro pretendiente: dotes, cualidades …. ¿y cómo es que no dice nada de su belleza? (es la reflexión que me he permitido hacer mientras escribo este post).  Ahí lo dejo, para que reflexionen ustedes.

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Fuente para el texto:

El Consultor de los Enamorados

Fotografía portada libro:

Captura de pantalla Biblioteca Nacional

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