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¿Me concede este baile? Una de las preguntas más corteses que se podían hacer a una dama y la segunda parte del artículo con el que abrimos la temporada en otoño. Si allí hablábamos de organización y obligaciones de los anfitriones, aquí hablamos de las reglas de comportamiento social en el propio baile, el código de conducta que anfitriones e invitados debían seguir si querían que el baile fuese un éxito.

Si no sabes bailar: no lo hagas

Había que partir de un hecho básico: quien no supiese bailar debía abstenerse de hacerlo. El mensaje iba dirigido a los caballeros que “no deben invitar a ninguna señora sin bailar a la perfección” pues nada había más terrible para una señora “que bailar con los que lo hacen mal”. Cumplida esa norma básica, habría otras no menos importantes.

Cortesía para invitar a bailar

Un caballero desplegaba su cortesía al invitar a bailar. Para ello pronunciaba la frase más cortés y repetida de la noche: “Señora [o señorita] ¿quiere usted hacerme el honor de concederme este baile?”. A lo que la aludida respondía de una de estas dos formas, también muy corteses: “Si, señor, con mucho gusto” o “Lo agradezco, pero estoy algo cansada” (en cuyo caso debería abstenerse de bailar con otro, para evitar que el primero se ofendiese).

¿Cómo se bailaba?

¿Han oído alguna vez la expresión “aire, aire” cuando baila una pareja? Los más jóvenes seguro que no, pero los que tenemos cierta edad, alguna vez la hemos escuchado.

Bailar requería una separación prudente, eso de ir “pegaditos” no era de recibo. En un baile de etiqueta “la señora debía ir suficientemente separada del caballero”. El consejo fundamental era que no tropezasen “los dos bustos”.

¿Con quién se bailaba?

Con todas las señoras y señoritas dispuestas a ello. Para ellas se disponían sillas a lo largo de las parees del salón de baile. También aquí existían unas reglas de comportamiento que era necesario conocer, y cumplir.

Anfitriona: debía “aceptar la invitación para bailar que, al menos una vez [debían] hacerle todos los [caballeros] que bailaban”. El anfitrión debía hacer lo propio invitado sin distinción “a todas las señoras que bailen”, cuidando, además, que ninguna señorita se quedase sin bailar (en este caso, si veía a alguna sin pareja, se la buscaba). Un truco infalible para evitar que alguna señora/señorita se quedase sin pareja para el baile, era invitar a más caballeros que señoritas.

Caballeros: ante todo debían ser corteses y galantes con las señoras: procurando que bailen todas, ofreciéndoles “el brazo para conducirlas al buffet” e incluso ayudándolas a ponerse el abrigo si mostraban intención de irse.

Señoritas: el grupo que más preocupaba a la revista. Les aconsejaba dominio de sí mismas para que no dejasen traslucir sus sentimientos en preferencias hacia algún joven, porque se convertirían “en el blanco de todas las miradas, especialmente de las personas que forman la tapicería” (sobre este grupo de invitadas hablaremos a continuación). Entre los comportamientos inadecuados de una señorita estaban: cuchichear por los rincones; salir más de tres veces al buffet (lugar en el que no debe permanecer de forma habitual ni acudir allí acompañada siempre del mismo caballero).

La tapicería: las que no bailan. Personas mayores para las que los anfitriones debían procurar “butacas y sillas cómodas en una pieza contigua al salón” lejos del calor y el ruido. La revista les recuerda que no deben ocupar las sillas del salón de baile, destinadas a las señoras y señoritas que bailan, por lo que debía ser habitual que lo hiciesen, ya que desde allí tendrían mejor perspectiva de lo que ocurría en la pisa (en la ilustración de cabecera vemos un ejemplo de “tapicería”).

Momento “tierra trágame”

El momento “tierra trágame” se producía cuando una señorita se ponía a sí misma en una de estas situaciones:

Cuando no quería bailar con quien se lo pedía podía responder: “Lo agradezco, pero estoy cansada” en ese momento se acababa el baile para ella, pues de ningún modo podía bailar con otro, ya que el primero se ofendería.

Cuando, a pesar de llevar un carnet de baile, ordenado escrupulosamente, le comprometía el mismo baile a dos caballeros, debía disculparse con ambos y  “no bailar ese baile con ninguno”.

Cuando tenía un baile comprometido y su pareja se olvidaba del compromiso, es decir, la dejaba compuesta y sin baile, debería esperar un poco “para bailar con el que se presente de nuevo, explicándole que ha sucedido con el anterior”.

Dejar el baile con elegancia

La revista aconsejaba “retirarse del baile a la inglesasin despedirse de nadie, salvo de los anfitriones. Nada de despedidas a la francesa, no hay pretexto para salir de la casa sin decir nada; hay que despedirse de los anfitriones y darles las gracias por la velada. Eso sí, hay que hacerlo con elegancia: escogiendo el momento oportuno “en el que estén solos, dejándoles discretamente” sin que el resto de invitados se de cuenta “evitando el efecto contagio que se apodera del resto una vez [se] ve que alguien abandona el salón y se dirige al guardarropa”.

Aunque ahora nos provoque una sonrisa o incluso una carcajada, los bailes de sociedad eran muy importantes en la vida de relación social de otras épocas. En ellos se ponían en juego toda una serie de códigos de conducta heredados, de reglas de comportamiento social necesarias para la evolución de la vida.

 

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