El otro día charlaba con un amigo sobre artículos de lujo y la importancia que algunas personas le dan a poseerlos y suscitar la admiración –cuando no envidia- de los demás. Recordé que había leído algo sobre el particular en un libro antiguo y buscando, buscando di con él en mi Anaquel. El libro -de 1879- se titula “Consejos de una madre cristiana sobre los deberes de la mujer en el mundo”, y fue traducido del francés al español por la Condesa de Torres Cabrera  en 1892 (142 años han pasado por sus páginas).

No hablaremos de lo que la propia autora califica como “lujo razonable; porque lo gastan si excederse de sus facultades y rentas”, aquí nos referimos al que compra para dar envidia a los demás (una conducta que no gusta nada en la vida de relación social).

Les dejo con algunos párrafos del capítulo XIII dedicado al lujo, a los que me he tomado la libertad de poner un título y algún comentario.

Preocupación por el lujo en el último tercio del XIX

El lujo en nuestros días ha tomado tal vuelo y salido tanto de madre que, de boca, todos lo lamentan; bien que sean muy contados los que tratan de poner diques al torrente destructor y alentar a los demás con su ejemplo” ¿no creen que en el primer tercio del siglo XXI podríamos decir lo mismo?

 “El lujo, dicen, es necesario al sostenimiento y desarrollo de la industria; sin el lujo no puede vivir el comercio; los ricos deben emplear sus caudales en sostener el trabajo y por consiguiente a los trabajadores” Hay que justificarse, y es verdad, el mercado del lujo da trabajo a muchas personas, pero no hablamos aquí de ese mercado, si no de la persona que utiliza el lujo para dar envidia al resto. Esta justificación la hemos oído de boca de esas personas vez en cuando ¿verdad?.

Identificando lujo con exceso

Huiréis de todo aquello que pueda tener la menor apariencia de excesivo; ¡cuántas mujeres invierten, verbi gracia, en perfumes, tan gruesas sumas que bastarán a sostener una entera familia! ¡Cuántas que anhelan brillar por hacer sombra y eclipsar a las demás con la multitud de sus ricos trajes y valiosas alhajas con los suntuosos trenes, muchedumbre de criados y costosas libreas!” Si quitamos las 10 últimas palabras de este párrafo, que son claramente de otro tiempo ¿quién no ha visto/oído a alguien quejarse de su mísero sueldo mientras gasta en afeites lo que no está en los escritos? Yo lo he visto y lo veo con bastante frecuencia.

Muchas suspiran con ansia por mil fruslerías y, no bien las consiguen, las arrojan de sí desdeñosamente. ¡Qué profusión de cintas, de corbatas, de flores, de encajes! Dificultoso les sería saber el número a que ascienden. Y ¿son más felices por eso? ¡Ah! … ansían cada vez más, como hidrópicas, sin lograr nunca apagar la sed abrasadora, que las hace suspirar siempre por lo que no poseen” Los artículos de lujo son caros y comprarlos por capricho o por el mero hecho de enseñarlos y dar envidia… tiene su lado negativo.

Consejos para huir del lujo y ser una persona sencilla

La autora nos aconseja ver el nivel de afición al lujo que tenemos y da unos consejos para ser una persona sencilla:

Sacar de vez en cuando del armario una prenda de vestir fea o de temporadas pasadas (si se ha puesto ya en plataformas como Wallapop o Vinted, claro está). Y al encontrarse con una amiga “y sostuviéreis su escrutadora mirada sin alteraros lo más mínimo” es que “conserváis el señorío sobre vosotras mismas […] y no [os] dejáis arrastrar por la ruin y mezquina pasión” por el lujo.

Cuando un traje os desagrade, no lo desechéis, antes bien, usadlo con la misma frecuencia que si os contentase mucho”, demostraréis lo mismo que en la anterior.

“¿Se encuentra enfermo el cochero? (…) salid a pie”. Esto podría aplicarse a quienes para cubrir una distancia de 200 metros y teniendo el coche en el taller utilizan el “haiga” de sus parejas, sabiendo que el resto va a pie, ejemplos haylos.

“¿No está en casa la doncella? Servíos vosotras mismas”. Aquí ejemplos tengo pero mejor me los guardo que no quiero molestar a pseudo-amistades.

Si hacéis un viaje no seáis exigentes ni para el alojamiento, ni para las comidas; sino acomodaos fácilmente a todo”. En esto no estoy muy de acuerdo, yo exijo aquello por lo que pago y, si no me lo dan, siempre tengo la opción de acomodarme pero reclamar.

“[En el] ornato de las casas (…) habéis de procurar que brillen la sencillez y el buen gusto; pero sin dar entrada a la molicie, de forma que o puedan tomar por sibaritas. Que nada falte y fuera lo superfluo” Esto me trae a la mente las primeras páginas que cada semana dedica una revista del corazón a las casas de los ricos y famosos, como diría Forges: ¡Gensanta!

Y aquí lo dejo, en el pasado encontramos referencias de cosas de las que seguimos hablando en el presente. En este libro hablaban de lujo y se dirigían solo a las mujeres, eran otros tiempos, hoy, sin duda, las dirigiríamos a todos.

Fuente del texto escrito: la mencionada en el texto.

Fuente de la imagen destacada: «Dama veneciana» Anónimo S.XVII. Museo Nacional del Prado

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