Crónica de sociedad desde Biarritz, verano de 1890

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En el Anaquel nos vamos de crucero

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La etiqueta masculina necesita de un buen sastre, en eso seguro que están de acuerdo conmigo. No es lo mismo que te hagan un traje a medida que ir a la tienda y coger uno digamos de la talla 50, que es aproximadamente la que usted -caballero- viste y pretender que le quede como un guante (ojo que si el dependiente le dice “le queda como un guante“, le está diciendo una no verdad). Un traje, un pantalón, una camisa, hechos a medida por un sastre no tienen ni punto de comparación con los que vemos colgados en las perchas en las tiendas. ¿Qué el de la percha es cómodo? no lo dudo ¿que el del sastre es caro? no lo niego, pero que un traje a medida queda perfecto aunque el cuerpo que lo luzca sea de aquella manera, también es verdad.

¿Sastre y protocolo?

¿Cuántas veces los de protocolo comentamos la etiqueta de un acto centrándonos en el chaqué o el frac de tal o cual autoridad? Que si le queda ancho, que los pantalones le hacen doble arruga sobre el zapato y al final siempre damos la misma recomendación “eso se solucionaría con una prenda hecha a medida por un buen sastre, como los de antaño” (o con un buen arreglo).

¿Qué relación puede haber entre un sastre y el protocolo? la encontramos vía “etiqueta requerida en los actos”. Si alguien se tiene que hacer un chaqué  porque tiene que ir a recoger el premio Cervantes o un frac para que le entreguen un Nobel, ya tenemos la vinculación entre el sastre y el protocolo, eso solo por poner un par de ejemplos.

Cualidades de un buen sastre

Estos días han caído en mis manos una colección de tarjetas y prospectos comerciales de finales del XIX principios del XX -que ustedes pueden encontrar en ese cofre del tesoro que es la Biblioteca Digital Hispánica– entre los que los dedicados a la sastrería son muy abundantes. Estos prospectos comerciales -antecedente de nuestra publicidad- nos pueden parecer graciosos -con los ojos de 2019- pero ya saben, hay que ver las cosas en el contexto histórico en el que se producen y en aquella época seguro que eran un avance importante.

Como quiera que me hicieron gracia estos anuncios de 1890 busqué también algo de información sobre los sastres de la época y junto a numerosos tratados de sastrería encontré una traducción del  libro Fisiolojía [sic] del sastre” de Luis Huart,  (1848) que, en tono de humor, da “un repasito” a los sastres. Un libro francamente divertido cuya lectura les recomiendo.

Sastrería: oficio moral

En sus primeras líneas el autor dice del oficio de sastre ser el más “moral, noble (…) y poético de todos los oficios“, explicando el porqué de cada uno de los adjetivos empleados.

Es un oficio moral porque, se pregunta el autor, “¿ha habido cosa más inmoral que el vestido usado por los hombres antes de los pantalones? (…) ¿qué persona que se estime en algo a sí propio se presentará en sociedad alguna sin este accesorio tan favorable para el abrigo como para el pudor?” El autor no duda que la fecha en la que se inventaron los pantalones marcó un hito histórico para la moral y la virtud masculina.

Sastrería: oficio poético

El de sastre es un oficio poético y así el autor se vuelve a preguntar: “¿qué es la poesía sino una encantadora musa que sabe embellecer con sus risueñas mentiras la triste realidad de las cosas humanas?” Para concluir que, a su juicio, nada hay en la creación con más necesidad de “embellecerse” que “una humana criatura“. Y es que de nada le vale al ser humano decir que fue creado a imagen y semejanza de Dios, porque la triste realidad de la copia es que “está tan mal hecha que no se asemeja ni poco ni mucho al original” .

En auxilio del hombre llegó el sastre y gracias a su destreza y saber hacer “casi todos los mortales parecen otros tantos Antinoos (1); a doscientos o trescientos metros de distancia“. Con ayuda de las tijeras, aguja e hilo de este extraordinario ser consigue cortar y coser para su cliente una vestimenta con la que “luce formas que no tiene” a la vez que pretende ocultar otras de las que se tiene en demasía.

Sastrería: noble oficio

El sastre es un hombre noble, porque con su oficio embellece “a todos aquellos en cuyo beneficio se emplea” porque ¿qué hombre después de ponerse un traje hecho a medida no piensa de sí mismo. “Vales infinitamente más de lo que valías hace media hora” (y si no que se lo pregunten a nuestro Joven Distinguido -y vanidoso- del viernes pasado).

Para el autor, el traje lo es todo, e invita a los lectores a hacer una prueba: mirarse al espejo recién levantado, con el pelo revuelto, los ojos somnolientos, sin afeitar, etc. Conforme se va vistiendo -previa higiene personal reglamentaria- se va produciendo una transformación: al ponerse los pantalones, “sentirá renacer el orgullo“; al ponerse el chaleco, “levantará la cabeza” y cuando se haya trajeado completamente, ¡que nadie le tosa!.

Conclusión

La etiqueta masculina necesita de un buen sastre, como dice el título de este post. La ropa bien confeccionada sienta mucho mejor, especialmente la que de etiqueta. Lejos de disfrazarnos, la ropa debe ayudar a mostrar que confiamos en nosotros mismos. Aunque en el libro que ha servido de fuente para este artículo habla del sastre con un punto de ironía hay que reconocer el buen hacer de este oficio, que no solo consiste en cortar y coser, sino también en asesorar sobre tejidos y prendas indicadas para cada ocasión.

(1) Antinoo amante del emperador Adriano; dotado de una extraordinaria belleza ha sido muy representado en el arte. Si van al Louvre pueden ver un busto de este joven (que originariamente estuvo en Villa Adriana).

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