¿Quién dijo que las normas de educación social no llevan aparejada una pena si se incumplen? En mis buceos en la Biblioteca Digital Hispánica he encontrado este documento que comparto en el cual se detallan, con ilustraciones, los castigos físicos a los que fueron condenados unos nobles por su descortesía hacia una princesa.

Por entrar un poco más en detalle les diré que el documento es lo que hoy denominaríamos un storytelling y su hilo argumental es que la descortesía merece un castigo físico, o por ponerlo en román paladino (ya saben, ese que suele “fablar el pueblo con su veçino”, que diría Gonzalo de Berceo): la letra con sangre entra.

El storytelling data de 1935 y es un comic (o tebeo, como se decía antes) una de cuyas historias –“La gatita princesa”- es la que detalla los castigos corporales a los que fueron sometidos aquellos que no fueron corteses con la principesca felina.

Por ponerles en contexto: en Gatomaquia corte y cortesanos todos eran de la familia zoológica de los félidos, pero con título nobiliario. Veamos los castigos que impuso el rey a los nobles:

  • La duquesa de Halibut –una gata entrada en años y en carnes vestida con miriñaque- fue condenada a bajar deslizándose por el pasamanos de una escalera, al final del cual había un cubo lleno de agua. Aquí el castigo era físico y psicológico, no hace falta que les recuerde aquello de que “gato escaldado del agua fría huye”.
  • El barón de Lechuga –un gato mal encarado que lucía peluca, vestido con casaca azul y calzón negro de seda- fue condenado a que le planchasen los calzones con una espada plana de madera (o lo que es lo mismo recibir unos azotes en sus nobles posaderas).
  • El conde del Trompicón y Sir Turankame –dos gatos un poco más jóvenes vestidos con  camisas con chorreras y calzones en color- tuvieron que participar en un combate de boxeo a cinco rounds en el que se zurraron de lo lindo.

Por si la humillación no hubiera sido suficiente y como muestra de desagravio a la princesa por su descortesía, la nobleza gatuna tuvo que cantar –maullar sería más exacto- una palinodia (1), momento que recoge la imagen destacada de esta entrada.

Ignoro si los nobles aprendieron la lección pero los niños de 1935 tal vez se lo pensaron dos veces antes de ser descorteses.

Respecto a los modales y las penas físicas que levante la mano toda persona mayor de 45 años que no haya recibido un coscorrón por cada una de estas acciones: sorber la sopa, hablar con la boca llena, entrar corriendo en casa, dar un portazo, no saludar a los mayores, etc. Lo dicho: descortesía y pena corporal

(1) Cantar la palinodia: retractarse públicamente reconociendo el yerro propio (RAE)

Fuente: Cine Aventuras nº1, 1 de enero de 1935. Biblioteca Digital Hispánica

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