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Más que acta de inauguración estamos ante el programa completo de un acto. Eso es lo que he pensado al leer en La Ilustración Española y Americana de 22 de abril de 1878 el acta de la inauguración del Hospital Español en Buenos Aires. Y si no, juzguen por ustedes...

La etiqueta masculina necesita de un buen sastre

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Cortesía y honores del gastrónomo que encontramos en el anaquel

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MENUMENU

El comportamiento del heredero  ya sea este quien esperando la herencia no ha hecho precisamente méritos para recibirla (el hijo que desatiende a sus padres, por ejemplo) o quien no esperándola  la recibe por ser el único pariente con derecho a ello (aunque no conociese al causante ni hubiera hecho intento de conocerle en vida) son conductas que no escapan a nuestro refranero. La forma de actuar de  ambos aparece aquí recogida en sentido figurado,  al referirse al modo de expresar el duelo: poco dolor ante el fallecimiento de alguien, por quien no se siente nada y  la necesidad de mostrar a la sociedad que la pérdida de esa persona importa, a riesgo de que de no hacerlo suponga ser tachado de ingrato.

El cariño que sentimos por alguien no se mide con la cantidad de lágrimas que derramamos cuando fallece, por supuesto que no. No es a estas personas a quien se refiere este refrán; es a otros a los que va dirigido: a quienes nunca manifestaron el menor cariño por quien les hace herederos y deben mostrar un mínimo sentimiento ante los demás.

En la vida de relación social siempre ha sido importante guardar las formas y en las manifestaciones de duelo, también. El dolor sincero por la pérdida es alabado por el refranero, y la pena, el dolor que produce el sentimiento grande de tristeza que supone la pérdida de un ser querido se manifiesta a menudo en forma de lágrimas (aunque al hablar en sentido figurado las lágrimas se pueden interpretar como: pesadumbre, padecimiento o tristeza). El refranero entiende que esas las lágrimas del  heredero son “lágrimas de cocodrilo”, aquellas que derrama quien finge un dolor que no siente.

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