Ayer en el Kiosko del Protocolo hablábamos de casas y palacios con fantasma y nos dejamos una en el tintero: la Casa de las Siete Chimeneas y su fantasma de género femenino.

En La Ilustración Española y Americana de 22 de octubre de 1882, Ricardo Sepúlveda hablaba de la Casa de las Siete Chimeneas y de su fantasma. Era la segunda de tres entregas publicadas el 15 y 22 de octubre y el 8 de noviembre de aquel año, en las que el autor daba detalle de la historia de la casa y sus numerosos propietarios. Es en el número de 22 de octubre donde hace mención al fantasma que la habitaba (¿y habita?).

Una “okupa” fantasmal desde el siglo XVI

Dice Sepúlveda “Contaban las viejecitas de votas de los contornos que todas las noches, al toque de ´ánimas, se veía cruzar por las oscuras galerías, y detrás de las chimeneas, para convertirse en humo blanco y desaparecer como el vapor del agua se levanta en copos y se condensa en las nubes, una esbelta y gallarda figura de mujer, amortajada en sudario de cendales, con el pelo tendido y una antorcha en la mano. La aparición caminaba con lentitud y acompasadamente, cual si tuviera resortes o propulsores secretos; pisaba recio y firme, como las estatuas de mármol que hace andar por los templos católicos el extravío de imaginaciones supersticiosas; se arrodillaba mirando a Oriente, y añaden los cronicones apergaminados de las viejecitas, que al volverse hacia el alcázar Real se santiguaba, dándose además sendos golpes en el pecho“.

La conseja hizo camino fácil entre los creyentes de ambos sexos; se aceptó sin discusión a la aparecida como una penitenciada, y se exhortó a la Iglesia para que echase santos conjuros sobre aquella visión, que turbaba los éxtasis de los corazones místicos, en la hora solemne de la noche callada en que aúlla el lobo a la luna y la campana de agonía da la queda con golpes pausados, que parecen lamentos de las almas en pena“.

Los huesos del alma en pena

Pasaron los años y se perdió memoria del fantasma, hasta que al hacer la reforma de la casa en el año en que se escribe el artículo, “al remover el azadón la tierra compacta de los sótanos, ha descubierto entre varias monedas de aquella época, la osamenta de una persona, acaso los restos de una mujer“. De este hecho da fe el autor, ya que dice “hecho extraño, fatídico, medroso y evidente comprobado por mí” .

¿Quién era aquella mujer? ¿la favorita de un rey?

Cuenta la leyenda que era hija de un montero -otros suponen que médico- de Felipe II. La joven “era un portento de belleza” y tenía “gran prisa en enmaridar con un capitán de la Guardia amarilla” . El “protector” de la joven adquirió la finca sobre la que se ubicó la casa y se la ofreció como dote.

De ella dice Sepúlveda ser una “Venus de veinticuatro años [quien] había vivido desde niña en Palacio. Era un ejemplar en rústica de esos que sueñan los árabes, encarnación de todos cálidos, formas redondas y macizas, carnes palpitantes irradiando fuego. No era aquella mujer el sueño de poeta; era (…) el pecado mortal vehemente, irresistible, la tentación que pierde las almas“.

Una belleza de aquel calibre no pasaba inadvertida y “alguien de elevada estirpe (…) la amaba como se ama a las mujeres de su especie; y el tiempo iba pasando en ese amor infausto, hasta que un día la mimada favorita vio a un capitán de Guardias y dijo a su protector: “con él me caso” y el protector, que conocía bien al elegido (…) contestó: “Pláceme, a fe -añadiendo- para que tu boda sea sonada y celebrada como de persona de calidad, yo haré la carta de arras con siete items para que recurdes los siete pecados capitales y no caigas en ellos, y agregaré los bladíos del Barquillo, para que en uno de ellos levantes la casa solariega, que heredarán tus hijos“.

Continúa Sepúlveda dando detalle de la composición de la dote que dice figurar en un documento existente en el “archivo del Infantado“.

La joven se casó con el capitán de la Guardia (apellidado Zapata): “la boda se celebró en la iglesia de los Padres de San Martín. Al año siguiente, en 1570, la casa estaba terminada, luciendo, por capricho, superstición o mandato, siete gallardas chimeneas“. El capitán Zapata murió en Flandes “un año después” y “poco tiempo más tarde, antes de que las tocas de la viudez ajaran los encantos de la pupila o favorita palatina, amaneció esta sin vida en su lecho nupcial, no se sabe si de pena o de hastío, o a mano airada“.

El autor liga esta historia a la de la aparición de la osamenta y se pregunta “¿Cuándo y cómo se perpetró el misterioso sepelio, habiendo tan inmediatos panteones católicos? Sin poderlo remediar, la imaginación se lanza a hacer disquisiciones atrevidas, recuerda la dama que amaneció muerta en el solitario lecho conyugal (y por cierto fue enterrada según las crónicas, a toda prisa, antes de que se supiera el suceso en Madrid)

Y afirma: “ya conozco al fantasma”.

El número 7

Del trabajo de investigación histórica que realizó Sepúlveda para escribir el artículo que se publicó en los tres números de La Ilustración Española y Americana que se han detallado ut supra, destaca el autor una serie de coincidencias: “en el terreno de la acción, siete bodegones, siete pértigas, siete farolillos de papel, siete solares, siete chimeneas” y “en la carta de arras siete items, siete notariales recuerdos de los siete pecados capitales“.

Ya les digo yo que me dan más miedo esas coincidencias que el fantasma en sí.

Fuentes:

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