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Estamos de vacaciones y en el Anaquel nos vamos de crucero, eso sí, vamos a viajar con la imaginación a mediados del siglo XX . Un crucero era un viaje que no estaba al alcance de todo el mundo y en el que primaban unas estrictas reglas de etiqueta que hoy –con la popularización de este tipo de viajes- nos parecen un tanto anacrónicas.

Hace unas semanas sacábamos del anaquel el libro “Etiqueta y Urbanidad” (1960) de Karlheinz Graudenz y Erica Pappritz y, antes de volver a colocarlo en su sitio, veamos que decía de los cruceros, aquellos viajes de ensueño solo al alcance de las altas esferas y de los que la literatura y el cine ha dejado magníficos documentos.

Costumbres en alta mar

Dicen los autores que las reglas de comportamiento social son mucho más estrictas en un crucero en alta mar, tanto para los pasajeros como para la tripulación. ¿Por qué? Por el espacio, que en un barco es “limitado, de forma que el contacto con el resto de los pasajeros es muy estrecho”, lo que hace que  sea imprescindible “tener consideración hacia los demás y saber adaptarse”. Veamos algunas de ellas:

Cuanto más grande el barco, tanto más numerosas pueden ser las maletas” con ubicación y transporte asegurados el número de maletas no era un problema, más bien eran necesarias ya que la ocupación principal durante el viaje iba a ser “cambiarse un sinfín de veces de ropas”.

Una vez embarcados lo primero era contactar rápidamente con el steward: un “perfecto caballero que domina varios idiomas (…) entiende de psicología y sus ojos trabajan con la precisión de un aparato de rayos X”. Y tenerle de nuestro lado, porque nadie como el para hacer de nuestra vida a bordo “un auténtico paraíso”. Esto exige de nosotros saber corresponder “con buenas propinas” y tratarle siempre “con la máxima corrección”.

En la mesa del capitán

Para aquellos que tenían el honor de ser invitados a la mesa del capitán recomendaban hacer uso de “unos modales perfectos”, ya que “los capitanes de os lujosos transatlánticos (…) [son] unos caballeros muy bien educados, que a bordo se atienen a las mismas prácticas sociales que, por ejemplo, en tierra un diplomático o un magnate de la industria”. Sentarse a la mesa, comer, manejar perfectamente los cubiertos y hacerlo correctamente era sinónimo de elegancia y saber estar.

Etiqueta a bordo

Para quien viajaba en estos grandes barcos con gran cantidad de maletas, la etiqueta no debía ser  un problema, porque cambiarse varias veces al día de ropa era “parte integrante de la vida que se lleva a bordo”.

Comenzar el día

Recomendaban los autores comenzar el día “vestidos de un modo deportivo”. El desayuno podía tomarse de sport, pero nunca en mandas de camisa. “Las damas elegirán un vestido alegre y vaporoso y no se presentarán a la mesa con pantalones tobilleros o largos”. Para aquellos que no quisieran cambiarse de ropa, un consejo: “que se hagan servir el desayuno en su camarote”.

Después del desayuno: actividades varias

El traje de sport era lo más adecuado para quien quisiera “aprovechar las numerosas posibilidades de practicar un deporte o juego a bordo” o incluso para aquellos que decidan descansar en cubierta “sobre una tumbona” a la sombra. Si el descanso es al sol: traje de baño, shorts, camisa, etc. siempre dependiendo de la temperatura.

Almuerzo

Nuevo cambio de vestimenta. Esta vez sport pero un poco más formal, incluyendo. “traje y vestido que puede ser de hilo blanco, camisa y corbata, debiendo estar en perfecto equilibrio la tendencia deportiva y la elegancia del corte”.

Tea time

A la hora del té el traje sport vuelve al armario. La etiqueta requerida se vuelve un punto más formal: “traje de calle y vestido elegante de tarde” con el que, una vez terminadas las formalidades, se puede pasear por cubierta o tomar el aperitivo previo a la cena.

Vestido para la cena

En primera y segunda clase era obligado el traje de noche. Para los hombres “el smoking, que puede ser blanco, siempre que fuera no reine una impresionante tormenta”.

Quienes no quieren normas

Estas eran las indicaciones básicas de etiqueta que los autores daban a los futuros pasajeros de un transatlántico. Para aquellos que no quisieran ajustarse a ellas, porque las encontraban “una molestia” y preferían gozar de “entera libertad de movimientos” tenían una recomendación: “¡Coja pasaje en un barco de carga!

Si han hecho un crucero recientemente, hagan una comparativa. Y si se van a embarcar desde aquí les deseo una muy feliz travesía.

Fuente de la imagen destacada: Pinterest

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