Inaugurando el curso con la inauguración de un colegio

Qué mejor vuelta al cole que estrenando colegio ¿verdad protocoleros? Qué bonito volver al cole no solo rodeados de olor a libros y cuadernos nuevos, si no también a cole nuevo. Eso sí, para estrenarlo hay que inaugurarlo y eso es lo que vamos a hacer. Antes de...

Museos y modales (a ser posible buenos)

Museos y modales es el post que abre la vuelta al cole tras las vacaciones en este blog y relata la experiencia personal de la autora de estas líneas cuando a principios de agosto visitó estos tres museos: El Prado, Thyssen y Caixaforum, para ponerse al día con...

Don´t pester a captive audience! [Revisión]

Don´t pester a captive audience! Fue publicado el 1 de agosto de 2014 en Protocol Bloggers Point.  El título tomaba prestada la frase del cartel que ilustra este post y que le viene cual pedrada en ojo de boticario. El cartel es del diseñador...

Don´t pester a captive audience! Fue publicado el 1 de agosto de 2014 en Protocol Bloggers Point.  El título tomaba prestada la frase del cartel que ilustra este post y que le viene cual pedrada en ojo de boticario. El cartel es del diseñador estadounidense Ted Slampyak  y aparece publicado en The Art of Manliness, página que les recomiendo visitar y que yo he encontrado en Pinterest. Este tipo de carteles se veían con frecuencia en los lugares públicos en las grandes ciudades de los Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XX  y se dirigían, entre otras cosas, a mejorar la educación, fomentar la urbanidad y las buenas maneras y que, tal como recomendaba y sigo recomendando 5 años después, convendría utilizar para una campaña de Buenos Modales en el Transporte Público y en lugares públicos (salas de espera de hospitales, consultas médicas, etc.)  al menos en esta ciudad.

Cinco años después la misma inquietud, distinto escenario

Si hace 5 años les contaba mis tribulaciones por culpa de una pasajera de  la línea 7 de  autobús, cuyo parloteo incesante e intrascendente a través de su teléfono móvil castigaba los pabellones auditivos (y la concentración) de sus compañeros obligados de viaje, hoy, actualizando este post, les tengo que hablar de las salas de espera de los hospitales. Desgraciadamente llevo unos años en que acudir al hospital forma parte de mi rutina diaria, habitualmente voy acompañando a otra “seta” como yo, a la que hablar en espacios públicos le cuesta. A ese tipo de lugares voy prevenida y pertrechada. Prevenida, porque se que tendré que esperar, y pertrechada con algo que me entretenga: periódico, libro, tablet, e incluso ordenador …También llevo el móvil, pero lo pongo en silencio y si alguien llama le suelto el mensaje “estoy en el médico, luego te llamo” y “santaspascuas”.

La semana pasada tuve mi momento “urgencias”. Sala abarrotada en la que ninguno de los que estamos allí queremos estar, incomodidad de los asientos e imposibilidad de elegir dónde se sienta uno, horas de espera … todo dentro de los parámetros habituales. Cartelitos de “Silencio”  y  el dibujo de un móvil atravesado por una línea roja, formaban parte de la decoración de la sala. De fondo una cacofonía de voces, acentos, megafonía chillona años 70 del siglo pasado (con chisporroteo incluido), y algunos móviles que echaban humo.

En un espacio cerrado: estamos cautivos

El escenario estaba montado y los personajes actuando móvil en ristre. Alguien le contaba a un tercero, con pelos y señales cómo estaba la sala de urgencias ¡como si no lo viésemos!. Otra persona contactaba con su casa para decirle a sus hijos –universitarios, porque hasta de eso me enteré- dónde estaba la comida, el pan, las servilletas, cómo se calentaba la comida en el microondas. También había quien llamaba para poner al día a su mejor amiga de cómo se puede ser “tan egoísta como mi cuñada, que vive a costa de mis suegros” (palabras textuales). Pues multipliquen esto por 15 o 20 personas y tendrán el cuadro completo. Bueno, se me olvida la que salía de dentro de urgencias tras haber entrado a ver a un familiar, y llamaba a otra señora, que también estaba en la sala, para contarle a través del teléfono, lo que podía perfectamente decirle de viva voz ¡¡tal cual!!.

Como decía hace cinco años sigo entendiendo que el móvil es un invento fantástico y maravilloso, que hace nuestra vida más fácil … ¡de verdad que sí!, pero usarlo para hacer partícipe al resto del mundo de nuestra conversación cuando los que nos rodean no tienen la opción de echar a correr, me parece una descortesía grande.

Estar en un espacio cerrado, incómodo, con calor y pendiente de un enfermo –porque por eso estamos en la sala de espera de un centro sanitario- no es agradable. Estamos cautivos. Y la situación se vuelve más incómoda –hasta llegar al límite de lo insoportable- cuando hay que aguantar la charla intrascendente de alguien al teléfono. Charla a la que no he sido invitado y no asisto por voluntad propia, en la que no participo y que, además, no me interesa lo más mínimo.

Queridos protocoleros, en la medida de lo posible eviten las charlas intrascendentes –a voz en grito- en un lugar público, cuando el resto no está allí para divertirse, sencillamente: D’ont pester a captive audience!.

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