Dos primeras piedras para una catedral

La Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena, por simplificar “Catedral de la Almudena” tiene en sus cimientos dos primeras piedras. Las vicisitudes por las que ha pasado su construcción a lo largo de los siglos tienen mucho que ver...

¿Qué hay de lo mío? … ¡presi que quiero ser Ministro!

Ayer el pueblo habló en las urnas y hoy hay que empezar a pensar en repartir ministerios. Más de uno estará esperando la llamada del futuro presidente para formar parte de su equipo ministerial, otros habrá que le darán una llamadita para preguntarle  “¿qué hay de lo...

Costumbres en Todos los Santos (1899)

La Ilustración Española y Americana de 30 de octubre de 1899 recogía el texto y la imagen que les incluyo a continuación sobre la costumbre de visitar las sepulturas en la celebración de Todos los Santos. Cuando lo leía he tenido la impresión de que no estaba escrito...

La Ilustración Española y Americana de 30 de octubre de 1899 recogía el texto y la imagen que les incluyo a continuación sobre la costumbre de visitar las sepulturas en la celebración de Todos los Santos. Cuando lo leía he tenido la impresión de que no estaba escrito en 1899, sino en 2019 y como Becquer también digo aquello de “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”

La conmemoración de los fieles difuntos que la Iglesia católica ha establecido, no se limita a los religiosos sufragios por sus almas que en los templos se celebran, sino que ha establecido la costumbre de visitar los cementerios en que sus restos yacen; más como la humanidad no acierta a desprenderse de su carga de vanidad ni en los umbrales de la muerte, se preocupa, en vísperas de dicha visita, de adornar las tumbas que ha de ver la gente. Cuando en el resto del año acudimos a la mansión de los muertos, son muy contadas las tumbas que se adornan con flores, y aún más escasas las que tienen luces; pero en el día 1º de Noviembre, cuando se sabe que la multitud cambia de sitio para sus paseos y se dirige al cementerio, raras son las que no pregonan la constancia del recuerdo con que los parientes y deudos de los difuntos los cuidan y engalanan.

Pasadas las breves horas en que la discutible piedad de los vivos les concede una visita, vuelven a quedarse como antes; y el último mozo que abandona la necrópolis cargado de blandones y coronas al terminar la fiesta, pudiera exclamar con el poeta:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

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