Datando un besamanos en tiempos de Carlos IV

La Ilustración Española y Americana de 15 de noviembre de 1887 incluye un grabado que reproduce el cuadro “Un besamanos en el Real Palacio de Madrid reinando Carlos IV” (1804) de Luis Alvarez. En la sección Nuestros Grabados da una referencia de ese acto protocolario...

Marqués serás para siempre jamás

Aunque el título de este post, “Marqués para siempre jamás”, pueda sonar a fin de cuento infantil, no lo es. En este post hablaremos de la concesión de un título nobiliario a finales del Siglo de Oro. El rey que lo concedió fue Carlos II y el acreedor de tal honor:...

Curso de Gramática Parda, el Anaquel nos enseña a vivir del cuento

El Curso Completo de Gramática Parda, dividido en quince lecciones, en las que se dan reglas fijas para que cualquiera pueda vivir sin tener necesidad de trabajar. Escrito por el Bachiller Cantaclaro. El manual que tengo en mi Anaquel, es un librito de 1865. En la...

La Ilustración Española y Americana de 30 de octubre de 1899 recogía el texto y la imagen que les incluyo a continuación sobre la costumbre de visitar las sepulturas en la celebración de Todos los Santos. Cuando lo leía he tenido la impresión de que no estaba escrito en 1899, sino en 2019 y como Becquer también digo aquello de “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”

La conmemoración de los fieles difuntos que la Iglesia católica ha establecido, no se limita a los religiosos sufragios por sus almas que en los templos se celebran, sino que ha establecido la costumbre de visitar los cementerios en que sus restos yacen; más como la humanidad no acierta a desprenderse de su carga de vanidad ni en los umbrales de la muerte, se preocupa, en vísperas de dicha visita, de adornar las tumbas que ha de ver la gente. Cuando en el resto del año acudimos a la mansión de los muertos, son muy contadas las tumbas que se adornan con flores, y aún más escasas las que tienen luces; pero en el día 1º de Noviembre, cuando se sabe que la multitud cambia de sitio para sus paseos y se dirige al cementerio, raras son las que no pregonan la constancia del recuerdo con que los parientes y deudos de los difuntos los cuidan y engalanan.

Pasadas las breves horas en que la discutible piedad de los vivos les concede una visita, vuelven a quedarse como antes; y el último mozo que abandona la necrópolis cargado de blandones y coronas al terminar la fiesta, pudiera exclamar con el poeta:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

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