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La semana pasada les comentaba una de las tres adquisiciones que hice en la XIX  Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo de Madrid, esta semana hablaremos de otra: “Los niños mal educados” (1890)  de Fernand Nicolaÿ cuya traducción al español, hecha sobre la vigésima edición francesa, fue realizada por  García Llansó y publicada por Gustavo Gili. Como ven, la mala educación también está presente en El Anaquel.

Niños mal educados: asunto antiguo y de actualidad

El prólogo del libro comienza con esta frase: “Si el asunto que vamos a tratar es tan antiguo como el mundo, es asimismo siempre moderno, como la actualidad”, destacando en la contraportada estas palabras: “he querido escribir en broma un libro serio”. Tal vez el autor se refiera al tono que ha empleado a lo largo del libro, en el que incorpora una gran dosis de ironía en sus explicaciones, pero el tema de los niños mal educados lo trata de una forma muy seria y rigurosa.

Protocolo mala educación

Comienza haciendo un retrato de las diversas etapas de la vida de un niño (que abarcan desde el nacimiento hasta el momento en el que se convierte en esposo y padre) y analiza los diversos métodos de educación doméstica (entre los que encontramos la comparación, la promesa vana, la humillación, la “doma”, la adulación o los favoritismos ¿no suena de algo verdad?). También investiga las causas de esa mala educación y habla de autoridad y corrección, de la influencia de la alegría en la educación, de felicidad, de amor paternal y filial. Todo un repaso a las relaciones familiares, por las que parece no haber pasado el tiempo.

¿Mala educación en “niño” de veinte años?

He elegido para comentar aquí el capítulo IV – “El niño mal educado: a los veinte años”- y ustedes juzgarán su actualidad. El autor comienza señalando que los veinte años son ya la edad del hombre, pero para él dejará de ser niño cuando abandone “definitivamente el hogar paterno” (a finales del siglo XIX, en Francia, la mayoría de edad eran los 25 años). Es por tanto posible para el autor estudiar un sujeto -y debía haber bastantes en aquella época- que a sus veinte años sigue siendo un “niño” y muy mal educado, por cierto.

¿Cómo era, a ojos del autor, ese “niño” de veinte años?

Ese niño mal educado de veinte años era alguien para quien sus padres eran “meros criados”, “verdaderos sirvientes” y el hogar familiar un lugar donde “todo cede a sus antojos y se subordina y organiza a su gusto”; “las horas de comer (…) los manjares (…) las distracciones (…) las fiestas de familia y los viajes (..)” deben ajustarse “a la voluntad de este déspota que ayer era un niño”. Y que continúa viviendo en casa porque “le proporcionan una mesa, cama y pensión para divertirse”. Nos suena esto ¿verdad?. Ya tenían ninís en la Francia de finales del XIX.

Esos padres que a veces con privaciones le dieron a su hijo unos estudios superiores, con el fin de asegurarle una posición independiente, no reciben el agradecimiento por su sacrificio sino “conmiseración por aquella pobre gente que no sabe vivir, que está siempre “retrasada” por su amor a “lo rancio””. Esto también nos suena ¿a que sí?.

Tenemos un hijo de veinte años mal educado ¿qué hacemos?

Ante la pérdida de autoridad e influencia al no haberse sabido imponer desde los primeros pasos de su hijo, los padres, en un intento de retener el “cariño” del hijo, optan por prodigarle “excesivos agasajos, incontables atenciones, delicadezas y obsequios (…)”; ¿conlleva esto algún cambio en la conducta del hijo?, ninguno, según el autor, que ve en la condescendencia de los padres una obligación que pone al descubierto un hecho: son meros invitados en su propia casa.

La actitud del padre y de la madre ante el hijo niní la retrata Nicolaÿ de la siguiente manera. Por un lado la madre, “que vela en silencio y aguarda durante las interminables horas de la noche, el regreso de su hijo en tanto que éste recorre los teatros y visita los establecimientos de dudosa fama (…)” gracias a la pensión que le pasan sus padres, por cierto. Una madre que “desearía abrazar a su hijo cuando regresa” o que le preguntaría “si se ha distraído con sus amigos” pero que se abstiene de hacer preguntas porque ello “supondría tratar de espiar y fiscalizar” a su retoño. Y por otro el padre, quien cuando el hijo llega tarde se limita a preguntar: “¿Has cerrado bien la puerta?“. Como estos, haberlos haylos.

¿Dónde fallaron los padres? Sentencia el autor

Para el autor los padres fallaron al carecer “de la energía necesaria para corregir severamente al díscolo de tres años”, de quien no se vigilaron los “defectos de la primera edad” dejándole “recorrer el camino de la infancia a rienda suelta (…) sin la acción del freno”. Con el pretexto de ser bondadoso “se ha incurrido en la debilidad”; tratando de evitar el conflicto “se ha labrado la desgracia del niño”. No se ustedes pero veo similitudes entre estas conductas del XIX y las del XXI.

¿Hay remedio?

Nicolaÿ es pesimista en cuanto a si hay remedio y la mala educación se puede trocar en buena por arte de birli-birloque. Señala que con veinte años ya no hay medios para recobrar la autoridad sobre un sujeto que ha recibido una mala educación desde la cuna. Como vía secundaria ve una posibilidad en lo que él denomina “cerrar  (…) o abrir muy poco los cordones de la bolsa”, en un intento de controlarle económicamente.

Pero el propio autor reconoce que este recurso no tiene “la influencia de la razón, ni reemplaza (..) a los consejos de la Moral ni a las sugestiones de la Conciencia”. Por contra el control económico es un arma de doble filo, ya que el “calavera” necesita dinero para seguir con su vida de niní y puede pedir prestado endeudándose (y endeudando a la familia), y recordemos la importancia del honor y el crédito familiar en determinadas clases sociales.

Los niños mal educados, un libro muy interesante y actual pese al tiempo transcurrido desde su publicación; todas las épocas han tenido y tienen sus ninís, que son el resultado de una mala educación en el hogar. Cómo la familia puede -y debe- evitar esa conducta empieza con la educación desde la cuna, no bajando la guardia, no confundiendo educación con formación y pasando la responsabilidad a otros.

Cuadros de Franz Christopher Janneck captura de: Wikimedia Commons, Passée des Arts y Hampel-Auctions

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