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La muerte de un rey en el Madrid del siglo XVII se convertía en una manifestación de duelo público, en una obligación social a la que ningún súbdito podía sustraerse. Y es que la muerte se oía, se veía, se olía y se manifestaba vehementemente a través de gritos y llantos, sollozos y lamentos.

El sonido de la muerte

El pueblo -en cualquier lugar del reino- recibía la comunicación de la muerte del rey a través del sonido de las campanas de las iglesias, la forma de divulgar la información más rápida de la época. Si moría el rey sonaban –tocando a clamores– todas las campanas de la torre en la catedral, y no lo hacían solo una vez, “sonaban durante nueve días y a las mismas horas -6 y 7 am, 12 y 13 pm y 8 y 9 pm- además sonaban también los días de las honras y su víspera”. (Martínez Gil, 2000). Con tal “contaminación” acústica era imposible ignorar la muerte.

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La muerte se veía

Los súbditos estaban de luto, se suspendían las fiestas públicas por espacio de cuarenta días y la muerte del rey imponía vestir de luto a todas las capas de la sociedad durante seis meses, pero hasta en esto había diferencias, no vestía prendas de igual calidad un noble que un sirviente (Varela, 1990 y Valenzuela, 2001). La Novísima Recopilación recoge una pragmática dictada por Felipe II en 1565 en la que se señala quienes, por quienes, cómo -vestimenta- y durante cuánto tiempo se debía guardar luto (esta pragmática fue objeto de un post publicado en Protocolo con Corsé en noviembre de 2014).

Luto_Cortejo_Carlos V

La muerte se olía

Velas y hachones iluminaban las iglesias -se veían y se olían- acompañaban el cortejo fúnebre y que eran donadas por la familia del difunto a la iglesia en la que se celebraban las honras. En el citado post de noviembre de 2014 se habla de la pragmática de luto y cera que intentó regular este gasto.

velas

La muerte era una manifestación vehemente

Mediante una voz muy esforzada y levantada, el grito, y también a través del lamento y el sollozo. Un tema este, el de los llantos, que debió alcanzar tal nivel de decibelios que llevó a Felipe II a dictar otra pragmática, en 1563,  en la que decía lo siguiente: “en quanto toca a los lloros, llantos y otros sentimientos que por los dichos difuntos se acostumbran a facer, se guarde lo que está ordenado por las leyes de nuestros Reynos, y so penas en ellas contenidas” remitiendo a una ley dictada por Juan I en 1380 en la que el mencionado rey ordenaba y mandaba “que ningunos sean osados de hacer llantos, ni otros duelos desaguisados por cualquiera que finare”.

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Los duelos “desaguisados” (contra la razón) iban del llanto a la desfiguración de la cara, auto infligirse arañazos y golpes, mesarse los cabellos, etc. Todo esto en público, claro, porque hacerlo en la intimidad no tenía ningún sentido. Las penas que Juan I preveía para quien contraviniese la ley pasaban por ser expulsado de la iglesia por un mes, de sus tierras por un año o incluso ir a la cárcel

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El duelo tenía estas manifestaciones y se convertía en la forma de exteriorizar el dolor de los súbditos –obligado o real- por la muerte de su rey y duraba mientras se celebrasen ceremonias en su memoria, ceremonias de las que iremos hablando en siguientes publicaciones.

FUENTES:

  • MARTÍNEZ GIL, F. (2000): Muerte y sociedad en la España de los Austrias. Cuenca. Servicio de publicaciones de la Universidad de Castilla la Mancha.
  • VALENZUELA, J. (2001): Las liturgias del poder. Celebraciones públicas y estrategias persuasivas en el Chile colonial (1606-1709). Chile. LOM Ediciones.
  • VARELA, J. (1990): La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española 81500-1885). Madrid. Turner.

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