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En la España de los Austrias la muerte se revestía de ceremonial. Una de las manifestaciones más importantes  era el cortejo fúnebre que  tenía como escenario la calle y era una ocasión en la que se ponían de manifiesto las desigualdades sociales, a mejor puesto en la sociedad, mejor cortejo y mejor entierro. La capacidad económica del difunto se ponía a prueba con este desfile público, que también indicaba, si el difunto era un poderoso, las fidelidades y clientelismo de que era acreedor. Pero el cortejo no solo ponía de manifiesto el poder económico y social del difunto, sino daba muestras de sus posibilidades de cara a la salvación ya que a mayor número de personas desfilando y rezando, menor tiempo pasaba el alma del difunto en el Purgatorio y más rapidez en alcanzar la Gloria eterna.

Fernando Martínez Gil (2001) en su libro Muerte y Sociedad en la España de los Austrias describe un  cortejo fúnebre a cuya composición  liga –siguiendo a Alonso de la Natividad- el mensaje cristiano incluido en cada uno de sus elementos. El entierro proclamaba no el triunfo de la muerte, sino la resurrección de la carne, su celebración de forma pública, contribuía a la difusión del mensaje cristiano.

Abrían la comitiva los portadores de hachones encendidos, su significado respondía a “la claridad gloriosa de que se han de vestir los cuerpos de los justos” en el momento de la resurrección.  A la cabeza del cortejo se iba tañendo una campanilla que “significaba la poderosa voz del Arcángel, el terrible son de la trompeta” con el que el día del Juicio Final serán convocados los muertos. A continuación iba la cruz de la parroquia a la que pertenecía el difunto. El significado de las cruces en los cortejos hay que buscarlo también en el Apocalipsis ya que según el mencionado autor, representan el estandarte triunfal que lucirá el cielo el día del Juicio Final.

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La comitiva la componían: cofradías, clérigos, frailes, niños, pobres y seglares, podía incluso ir acompañada de música. El féretro, con los pies del difunto hacia adelante, era portado por eclesiásticos o seglares y era de madera como promesa de Resurrección ya que Jesucristo fue clavado en un madero.

En estas ceremonias el difunto se gastaba grandes sumas de dinero, dictando, a tal efecto, disposiciones testamentarias en las que se hacían previsiones dedicadas a este fin. Tal fue el abuso de las mismas que en más de una ocasión hicieron peligrar la fortuna familiar, lo que llevó a tomar medidas, en forma de normas, dirigidas a limitar la cantidad de dinero destinado a estos eventos.

Ilustración: captura de pantalla de http://www.todocoleccion.net

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