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Nací en una época en la que escribir y recibir cartas era algo habitual.  En el colegio nos enseñaban a escribir cartas con corrección y en mi casa, todas las semanas, se escribían varias cartas a familiares y amigos  y se esperaba con ansiedad la llegada de aquellos sobres blancos que traían noticias de quienes estaban lejos y que aparecían en casa en la enorme cartera de cuero del cartero. Había fechas especiales: cumpleaños, Navidad y vacaciones en las que la correspondencia aumentaba considerablemente.

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No sé en qué momento dejamos de escribir con tanta frecuencia, supongo que gradualmente  desde que apareció el correo electrónico, aun así reconozco que sigo enviando felicitaciones navideñas manuscritas y que, de vez en cuando,  escribo cartas a mano (lo que me recuerda que le debo una a Julia Alonso) por el mero placer de llenar una hoja en blanco con palabras que salen del corazón.

¿Hemos olvidado cómo se escribe una carta?, por supuesto que no. Todos los días escribimos muchas a través del correo electrónico, como veíamos la semana pasada en Hoy en Madrid. Lo que parecemos haber olvidado es el procedimiento, el sentarnos delante de una hoja en blanco, ordenar nuestras ideas y escribirlas a mano de forma correcta. El correo electrónico es tan rápido que vemos en el ejercicio de escribir una carta manuscrita, un procedimiento en el que se pierde mucho tiempo.

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Vayamos pues al pasado, a un tiempo en el que escribir cartas era todo un ritual. He buscado un libro antiguo de urbanidad, El arte de ser bien educado, de Román D’Artois (1944) y comparto con vosotros lo que allí se dice sobre las cartas, que comienza con estas palabras: “una carta mal escrita pone en ridículo y da clara idea de la ignorancia de su autor”.

Recomienda el libro que todas las cartas, sean del tipo que sean, han de ser amables y ante todo “irreprochables desde el punto de vista de la urbanidad”.

Continúa hablando de la estructura de las cartas: encabezamiento, líneas de fecha y de saludo; cuerpo de la carta; despedida y firma. Estructura que aún mantenemos –afortunadamente- en un correo electrónico, aunque no seamos conscientes de ello.

Os incluyo un decálogo de recomendaciones del autor del libro y que redacto en presente porque bien merecen una reflexión:

  1. Las cartas que tratan de temas personales hay que escribirlas a mano. El autor era consciente de que en un futuro las cartas se escribirían a máquina, pero para él era mucho más elegante que los temas personales se tratasen de forma manuscrita.

2. Las cartas nunca se escribirán con lápiz, siempre con tinta.

3. Las invitaciones siempre a mano.

4. Papel y sobre de igual calidad, en blanco y sin rayas.

5. El texto sin raspaduras, enmiendas o borrones, “una carta ha de ofrecer el mismo aspecto que una persona pulcra”.

6. El estilo hay que adaptarlo al objeto de la carta y a la persona a quien se dirige.

7. Nunca se deja una carta sin respuesta, hacerlo “es una grave falta de cortesía”.

8. Las cartas son de quien las escribe, no de quien las recibe, hacer un uso indebido de ellas puede causar un grave perjuicio.

9. La inclusión de fórmulas personales en la línea de saludo da muestra, a quien la recibe, de la estima en que le tiene quien le escribe.

10. Es de mal gusto firmar las cartas con un garabato ilegible.

Consejos que 70 años más tarde hay que seguir teniendo en cuenta a la hora de escribir, aunque solo sea unas líneas.

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