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Alrededor de efemérides como: coronaciones, bodas, bautizos, beatificaciones, victorias, visitas, etc.;  la monarquía organizaba festejos en los que tenían cabida las corridas de toros, muy populares en la época, con el objeto de transmitir una imagen propicia del poder político y de su dominio sobre la sociedad, Deleito y Piñuela (1988).

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La nobleza mostraba en el escaparate que suponía el toreo a caballo el porqué de su preeminencia social, basada en un código de comportamiento, en una educación de clase, necesaria en la formación del cortesano, y que les distinguía y situaba por encima del resto de los asistentes. En palabras de Bonet Correa (1990): “Las corridas mostraban en público la fuerza de los mejores, de las clases poderosas. Desde el circo romano hasta el fútbol franquista, bien se sabe cuáles han sido los métodos ejercidos por el poder absolutista cuando quiere manipular la obediencia y acato popular

El escenario ideal para esta representación será la Plaza Mayor, Bonet Correa (1990), con esa idea en mente, nos da esta justificación de la utilización del corazón de la ciudad, centro de poder social, comercial y lúdico, lugar idóneo para este tipo de fiesta: “El espacio abierto y a la vez cerrado de una plaza es el más apto para una fiesta. La plaza es como una edificación teatral, una especie de corral de comedias de grandes dimensiones que a la vez sirve para uso de la vida diaria y lugar de fiesta en las grandes solemnidades y festejos”.

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Las corridas de toros podían ser de dos tipos: ordinarias, que organizaba y costeaba el Concejo, con ocasión de determinadas fiestas religiosas, y por tanto más sencillas y modestas; y extraordinarias, cuya organización corría a cargo de la Casa Real, con gran lujo y aparato, como parte fundamental de cualquier conmemoración o fiesta. Era en estas en las que la nobleza ponía de manifiesto su valor participando directamente en ellas, o su posición en la escala social, según el puesto que ocupase entre el conjunto de los que asistían como espectadores a la misma. Una corrida de estas características exigía considerables preparativos, regidos por una reglamentación minuciosa, una severa etiqueta y un complicado ceremonial.

Continuará

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