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Continuamos comentando las fiestas y festejos en el  Siglo de Oro, y como todo estudioso del protocolo y los eventos nos preguntamos por el anfitrión: ¿Quién organizaba las fiestas?, ¿quién era el anfitrión de una fiesta de estas características?. La respuesta es sencilla: cualquiera que tuviese poder y dinero: el rey, la nobleza, el valido, etc. Respecto a este último “la tratadística de la época insinuaba que las fiestas que organizaba formaban parte de su estrategia para conseguir y mantener el favor real” (del Río Barredo, 2000), manteniéndole entretenido y alejado de las tareas de gobierno, como apunta del Río Barredo (2003): “A él se refería  el autor de La Cueva de Meliso, cuando recomendaba entretener al rey “con tramoyas, comedias y festines, como uno de los mejores medios de controlar su voluntad y usurpar sus funciones en la gobernación”. Otra manifestación de su derroche de recursos al servicio y gusto del monarca, con el único fin de conservar el favor real lo encontramos en esta cita de Bernardo J. García García (2003): “El gusto de contar con los mejores actores y actrices, escritores y poetas, músicos y cantantes en las fiestas reales preparadas por el valido determinó que en ocasiones se levantasen destierros y otras condenas, o que se formasen agrupaciones extraordinarias con una selección especial de los artistas más celebrados

Lerma

Todos los que podían organizar algo se movían en la  Corte, esta era un espacio social dinámico, un centro de poder en el que lo único que se buscaba era obtener el favor real para obtener y mantener honores y prebendas. En este espacio, todo cortesano necesitaba mantener un tren de vida para poder autoafirmarse socialmente, a veces muy por encima de sus posibilidades, esto generaba gastos y era causa de endeudamiento, llegando incluso a la ruina de muchos, pero el fin pretendido, la cercanía del monarca, fuente de honor y ventajas exclusivas, justificaba cualquier sacrificio económico. El dinero era por tanto, decisivo para mantenerse en la corte defendiendo unos privilegios que tenían enorme significado en la época entre aquellos a quienes se frecuentaba y cuya opinión interesaba.

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Para un cortesano la presencia del rey en una fiesta suponía la prueba del afecto y confianza regia en quien la promovía, quien organizaba la fiesta declaraba así que gozaba del favor real o que, con tanto gasto, lo que hacía era trabajar para obtenerlo. Si quién organizaba era el valido “el ritual materializaba así los buenos términos existentes entre el soberano y su compañero de juego y le mostraba como cúspide del conjunto de cortesanos participantes” (del Río Barredo, 2003)

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