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En la majestad real no hay más fuerza que el respeto, el cual nace de la admiración y del temor, y de ambos la obediencia”. (Saavedra Fajardo, Empresa XXXI)

Veamos la tercera función de la fiesta en el Siglo de Oro: la propaganda.

La fiesta emana del poder y se organiza con una intencionalidad muy bien definida, al margen del deseo de diversión que abriga en el fondo toda colectividad humana. Fiesta que ha de estar controlada (organizada y reglamentada) para que no se quiebre la estabilidad entre los distintos estamentos, y quien organiza sabe que la fiesta constituye un útil mecanismo de expresión y difusión ideológica, un medio propagandístico conducente a mostrar una imagen de poder y superioridad sobre la sociedad (Monteagudo, 2004).

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La monarquía de los Austrias intentó desde el principio construir una imagen de sí misma lo más sólida y poderosa posible. En el interior  de su reino el monarca reinaba sobre un conjunto de lenguas, razas, instituciones y costumbres variadas, un conglomerado de reinos y territorios con escasa coherencia geográfica y política. El rey necesitaba la adhesión de sus súbditos para dar consistencia política a unos territorios muy alejados unos de otros, para ello, la glorificación de la imagen real y de su dinastía era fundamental, así como la defensa de la fe católica. De cara al exterior a las naciones amigas/enemigas, tenía que emular el poder y el prestigio de la monarquía francesa, que a finales del XV había tenido el principal poder de la Cristiandad.

Corte Católica, patria común de las naciones, espejo o modelo de los valores de la monarquía ante los ojos de propios y extraños” (del Río Barredo, 2000). Esta frase recoge los tres puntos a destacar en una  campaña de propaganda  cuyo fin fuese potenciar la autoridad real: el monarca defensor de la Iglesia; el monarca símbolo de unidad y la figura del rey, como descendiente de una gloriosa estirpe familiar, heredero de las responsabilidades de gobierno de la monarquía hispánica, y de los compromisos religiosos, patrimoniales y políticos de la Casa de Austria.

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La imagen que como resultado de esa campaña se  va a transmitir, será “centradora y estabilizante, pero también encantadora y fascinante por su grandeza, dignidad y honor, por su poder y prudencia. Fusiona la sociedad fragmentada y otorga a todos por igual bienestar, paz seguridad, libertad y justicia”(Lisón Tolosana, 1991).

La fiesta es una celebración global del poder y está íntimamente relacionada con una visión del mismo que fundamenta su conservación en la imagen que es capaz de crear en momentos de crisis. De nuevo la apariencia, la magnificencia exterior y visible, y ese deseo de causar admiración a los demás, que iba muy bien con el orgullo patrio. Saavedra Fajardo lo resume en una frase en su Empresa XXXI: “El lustre y la grandeza de la corte y las demás ostentaciones públicas acreditan el poder del príncipe y autorizan la majestad”. El lujo y la ostentación eran un eficaz dispositivo para publicitar el poder y aunar los valores culturales y sociales de los diferentes grupos que componían el conjunto de los reinos.

La imagen que los ciudadanos de entonces obtenían a través de los fastos y ceremonias de esta dinastía era una imagen soberbia y magnífica, la de la majestad real destinada a convertirse en un modelo copiado por otros soberanos y dinastías, en ese sentido la propaganda cumplió ampliamente su función: “La principal motivación que tenía cualquier soberano para pretender acuñar una imagen poderosa de si mismo y de su dinastía, tratar por cualquier medio a su alcance de potenciar la majestad real, no era otra que pretender acrecentar su autoridad y poder. No se trataba únicamente de una cuestión de prestigio frente a otros monarcas u otras dinastías rivales, sino también de un recurso muy eficaz para  reafirmarse entre sus propios súbditos” (Gómez Centurión, 2000)

Continuará

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