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Hacer reverencias es en nuestro tiempo una tarea difícil, no tenemos más que echar un vistazo a algunos post publicados por los @protocolblogger para darnos cuenta de esas reverencias hechas por quien no está acostumbrado a hacerlas,  y que en el afán de “yo lo hago mejor que nadie” llevan a su protagonista a caer en el ridículo.

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Y es que hay gestos que requieren tiempo y dedicación, y la reverencia es uno de ellos. Esto lo sabían muy bien nuestros ancestros en los siglos XVI y XVII, donde la vida en la corte requería del manejo de ciertas destrezas, como esta de la que hoy vamos a tratar.

La reverencia y la forma de saludar, la compostura del cuerpo o la forma de andar, decían mucho de quien lo hacía correctamente, y eran destrezas que se aprendían a través de la danza aristocrática o cortesana que enseñaban los maestros de danzar en sus escuelas. La formación de los príncipes, de los  jóvenes de familias aristocráticas e incluso de los pajes, incluían la danza ya que contribuía a mejorar la postura, a moverse con porte y elegancia, a saludar y reverenciar sin caer en el ridículo, y sin lastimarse, todo hay que decirlo.

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En palabras de Juan de Silva, conde de Portalegre (1592) “El dançar aprovecha para estar y caminar de buen aire y hacer reverencia sin desgracia, y así, viene a ser más necesario de lo que parece, y también lo es en cualquier tiempo que hobiere demás, si no este. No os descuidéis de aprenderlo con curiosidad”; y en las de Antonio de Obregón y Cereceda (1603) “(…) es maravilloso exercisio en los caballeros cortesanos, e importante (…) en los príncipes, porque en el dançar se aprende el buen aire del cuerpo, serenidad de los ojos y compostura del semblante, graciosos movimientos (…)”.

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Dos ejemplos de reverencia los encontramos en dos cuadros de Velázquez: Las Meninas y la Rendición de Breda.

En Las Meninas, Isabel de Velasco y María Agustina Sarmiento de Sotomayor, aparecen retratadas en actitud de iniciar una reverencia a la Infanta Margarita, más pronunciada en la segunda citada ya que le está ofreciendo una jarra a la infanta

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En La Rendición de Breda, donde Justino de Nassau aparece con las llaves de Breda en la mano, dispuesto a entregarlas mientras hace ademán de inclinar la rodilla ante Ambrosio Spínola, quien impide el movimiento poniéndole una mano sobre el hombro.

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Dos muestras de elegancia, gracia y soltura en los movimientos del cuerpo, para ello se requiere el dominio y control sobre los mismos. No es algo que se aprenda en un momento o un día, requiere constancia y práctica. La danza era el método para adquirir la práctica.

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