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Semanas atrás en que la prensa habló de funerales oficiales, de los lutos y la forma elegante en que alguna reina del papel couché vistió luto al enviudar, y al hilo de lo acontecido en la serie Isabel  con el Príncipe Don Juan (en parte responsable de esta Pragmática), me he decidido a desempolvar la Nueva Recopilación (una recopilación de leyes que se hizo a mediados del siglo XVI) y buscar una interesante Pragmática que es la que aparece en el título de este post.

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La Pragmática en cuestión es la dictada en 1502 por los Reyes Católicos sobrelutos y cera que se pueden traer y gastar por los difuntos“, y se otorgó tras la muerte del príncipe Don Juan.

Esta ley se dicta -como en su texto se recoge- para poner coto a una costumbre que parecía estar muy arraigada, según la cual cuando moría un personaje principal, el luto que por él se guardaba corría a cosa de los bienes de las villas y ciudades, lo que producía gastos excesivos que en ninguna manera podían justificarse.

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Los Reyes Católicos quieren cortar por lo sano y disponen que se destinen para estos menesteres “2.000 maravedís y no más“, so pena de que todo lo que exceda de dicha cantidad sea devuelto “con otros dos tanto“, no solo por el que dispone del dinero (vamos a llamarle funcionario público o gestor de los bienes del municipio), si no también  por quien lo recibiere. Además, y ante el desmadre que reinaba en el tema del luto -en el que el nivel económico del difunto y su familia se medía en las manifestaciones externas como: el número de personas que vestían luto por él, las plañideras, las misas, las velas- la ley regula el número de personas que podían enlutarse.

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Los vivos vestían luto porpadre, madre, abuelo, abuela u otro ascendente; suegro, suegra, marido, mujer, hermano o hermana“. Fuera de esto y, salvo para el fallecimiento de personas reales, nadie más debía ir de luto, exceptuando dos casos: el criado por su señor y el heredero “por quien le dexare” (que mínimo ya que te deja la herencia, que manifestar un “pelín” de duelo). Regula la ley el atuendo que debían vestir y el que no, tanto hombres como mujeres y el tiempo del luto (6 meses); pero, sin duda, lo que más ha llamado mi atención han sido dos aspectos: la ornamentación de las casas y las iglesias y la parte relativa a la cera, que aparece en el título de la pragmática.

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En lo que respecta a la ornamentación de las casas destinada a manifestar ese duelo, la Pragmática prohíbe expresamente “que se puedan poner ni pongan paños de luto, ni ante puertas, ni camas, ni estrados ni almohadas“; y en las iglesias se prohíbe levantar túmulos, y que solamente se pueda “poner la tumba con paño de luto u otra cubierta; y que no se puedan cubrir ni poner paños de luto en las paredes de dichas iglesias“.

La parte relativa a la cera y que es tan importante como para formar parte del título de la ley, se centra en la prohibición de “poner en la sepultura más de doce hachones o cirios“; y lo curioso es que no entraban en esa prohibición “las candelas y velas que portaban los clérigos, niños de doctrina y cofrades que acompañan los cortejos de difuntos“. Tampoco entraba en la prohibición la cera que se donaba a la Iglesia por parte del fallecido o sus herederos, a la que se comparaba con una limosna.

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En lo que no había prohibición era en el número de misas, y la cantidad de limosna que se entregaba a la iglesia por el alma del difunto, ya fuese por disposición testamentaria del fallecido o realizado por sus herederos; de hecho el texto de la ley animaba a que lo que “antes se gastaba en vanas demostraciones y apariencias, se gaste y distribuya en lo que es servicio de Dios y augmento del culto divino y bien de las ánimas de los difuntos“.

La prohibición no es eficaz sin alguna pena que anime a cumplir lo dispuesto en la ley: “lo que viniere contra lo contenido [en la Pragmática] en todo o en parte […] ayan perdido dichos lutos que truxeren y caigan o incurran en pena de dos mil maravedís“, cantidad que se distribuía por tercios entre: denunciante, juez y obras pías.

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