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El post  de Palabras, palabras (XXII) del pasado domingo hablaba de adornos, aderezos, complementos que siempre imaginamos dirigidos a mujeres pero ¿qué pasa con los hombres?, mejor dicho ¿qué pasaba con los hombres antaño?.

Echo un vistazo al anaquel de los libros antiguos y encuentro este libro: “El hombre fino al gusto del día. Manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono”. Se trata de un facsímil del traducido del francés por Don Mariano de Rementería, que se publicó en Madrid en 1837. Este libro me encanta, desde la Introducción al Índice –que aparece al final del texto-  nada sobra, es muy entretenido y fiel reflejo de una época y una clase social a la que el propio autor se refiere como “la clase elevada”.

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Si más dilación vayamos a los complementos y adornos del hombre fino que retrata el libro. El Capítulo II de la parte tercera del libro se dedica a lo que llama “Objetos de Capricho”, y que resultan ser los siguientes: paraguas, bastón fusta, anteojos, lente única, anteojos de teatro, cigarro, pipa, reloj, sellos, anillos, sortija, alfileres y caja de tabaco. El autor no deja en buen lugar a quienes utilizaban alguno de estos objetos, es más no deja en buen lugar al objeto en sí, les detallo.

Del bastón dice que “solamente lo llevan los hombres de alguna edad que no pueden desprenderse de su pasada juventud” y no los hombres bien educados que “saben como colocar sus brazos y manos no teniendo necesidad de llevar bastón”.

Dice del paraguas que “incordia y embaraza”, y resulta ser “el espanto de los sirvientes […] y las dueñas de las casas que miran con excesivo cariño el aseo de su pavimento” ¿será por las manchas de agua que se van dejando cuando el exceso de agua del paraguas no ha sido convenientemente eliminado?.

Recomienda el uso de la fusta solo cuando se monta a caballo, fuera de esa situación, cualquiera que la llevase parecerá “un montañés o un picador de un Grande”.

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Los anteojos solo para quien los necesite porque la naturaleza no le ha dotado de unos buenos ojos, ya que “dan una fisonomía insolente y atrevida que desagrada”.  Del monóculo (la lente única) dice que si se mira con ella a una mujer “es casi como señalarla con el dedo”.

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Respecto a los anteojos recomienda su uso solo para el teatro, y solo si se está lejos del escenario. Como ejemplo de mal empleo de los anteojos en el teatro pone el del uso que le dan las mujeres, quienes se sirven de ellos para comprobar los adornos de otras damas y la belleza de la actriz principal que ha sido convenientemente alabada por sus esposos.

Del cigarro y la pipa dice cosas muy curiosas, como que fumar un Habano “conserva los dientes y la boca sana”.  Fumar es propio de hombres ya que “las señoras en Francia no fuman y dejan este gusto a la vivacidad de las españolas y a las saladas andaluzas”. Aconseja fumar solo por la mañana y lavarse muy bien la boca después de hacerlo. Establece una serie de reglas entorno al tabaco, como la de que jamás se debe fumar en la calle ni por la noche. Recomienda no llevar nunca encima lo que él llama “los arreos del fumador” y fumar solo en casa.

Del reloj dice que debe llevarse en el bolsillo del chaleco, sujeto por una cadena de oro “que se introduce en el tercer o cuarto ojal”; dicha cadena ha de tener “eslabones prolongados”, de los que han de verse uno o dos. Y señala que “un hombre de gusto se guarde muy bien de enseñarlo”.

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Sobre anillos, sortijas y alfileres recomienda “dejar los diamantes a las mujeres”, ya que la mano del hombre debe estar libre, aunque se permite un anillo de oro. Sobre los hombres que llevan en el meñique una sortija de diamantes dice que huelen “a jugadores de mano”.

Ajustar la corbata con un alfiler de diamantes está bien y es de buen gusto –siempre que la corbata se haya plegado a la matemática o cruzado a la oriental- salvo que  quien lleva el alfiler lo luzca “envanecido con esa alhaja de precio, se pavonee y se de tono con  pensar que lo advierten”, en ese caso es de muy mal gusto.

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El último objeto de capricho que comenta el autor es la caja de tabaco, utilizada para poner polvo de tabaco que luego se aspirará por la nariz. No le gusta al autor el objeto ni su contenido. Clasifica a sus usuarios en dos tipos y a ambos reprueba, en uno “aquel polvo sucio causa un gangueo insoportable” mientras que en el otro tipo “cuyo cerebro excita continuamente –el tabaco- se ve que tienen que valerse de un pañuelo a cada paso y dejar cortado un periodo elocuentemente empezado, por la necesidad de estornudar”.

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Recomienda no tomar tabaco, pero si es indispensable, plantea que el caballero en cuestión se oculte cuando deba satisfacer esa necesidad.

Continuará

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