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A simple vista no parece haber una relación entre los dos monumentos y el pintor del Renacimiento que se menciona en el título, pero la hay y tiene que ver con el protocolo y el ceremonial.

El Arco de Tito es un arco de triunfo que rememora las victorias de este emperador contra los judíos, cuyo detalle vemos en los relieves que adornan sus enjutas. Los cuadros de Andrea Mantegna, los Triunfos de César, que pueden verse en el palacio de Hampton Court, ilustran un desfile de triunfo en Roma, posiblemente de la victoria contra los galos.

Arco de Tito 2

Arco de Tito

El triunfo en la Roma antigua era por tanto, un acto cargado de simbolismo y ceremonial y ha sido, durante siglos, el modelo que se ha seguido para la conmemoración de un éxito militar.

¿Qué era el Triunfo?

Se trataba de una entrada solemne y apoteósica en la ciudad siendo el más alto honor para el general “ser conducido en carro por las calles de la ciudad –junto al botín que había conquistado, los prisioneros capturados y sus […] tropas […]- hasta el Templo de Júpiter en el monte Capitolino, donde se tenía que ofrecer un sacrificio al dios” (Beard, 2009).

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Condiciones que debía cumplir el general y  la victoria

Para obtener el triunfo, el general debía ser general en jefe en el momento de la batalla; no debía haber acabado el tiempo legítimo de la magistratura,  ni  haber renunciado a la conducción de los ejércitos; no debía haber perdido previamente lo que recuperaba- “el general que habiendo sido primero derrotado, después solo recuperaba lo que había perdido, no tenía mérito para obtener el triunfo” (Adam, 1834)- y por supuesto debía celebrarlo él en persona, no se delegaba.

El triunfo celebraba así la victoria total en una guerra que debía haber sido: legítima, y contra los extranjeros, lo que dejaba fuera del triunfo a las guerras civiles, y la dominación de los tumultos de los esclavos o del pueblo. Esa guerra debería tener como consecuencia que se hubiese extendido el territorio del Imperio; que hubiesen sucumbido en la misma al menos 5.000 enemigos; y que hubiese terminado, para que el ejército pudiese ir a Roma y asistir al triunfo.

Organización del desfile

El  desfile de la victoria se organizaba en el campo Marte, donde se ordenaban convenientemente la  parte del desfile que componían los vencidos y la de los vencedores.

Para seguir la secuencia utilizaremos los cuadros de Andrea Mantegna que cuelgan en las pareces de Hampton Court.

Abría la marcha un coro de músicos que acompañaba con música a los que cantaban himnos triunfales,  seguían a continuación los toros que se iban a sacrificar en el Capitolio, ya que el sacrificio era lo esencial del triunfo.

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A continuación, en carros, seguía el botín de guerra de los pueblos vencidos, insignias, estandartes, armas, estatuas, objetos de valor, los distintivos conseguidos por el general triunfador, las imágenes de las ciudades conquistadas, hombres con pancartas en que se especifican las plazas y fuertes tomados al enemigo, las batallas libradas que, a veces, hasta se pintaban en amplios cuadros.

“En carteles que se llevaban delante iban escritas las naciones de quienes se triunfaba, siendo éstas: el Ponto, la Armenia, la Capadocia, la Paflagonia, la Media, la Cólquide, los Iberes, los Albanos, la Siria, la Cilicia, la Mesopotamia, las regiones de Fenicia y Palestina, la Judea, la Arabia, los piratas destruidos doquiera por la tierra y por el mar, y además los fuertes tomados” (Plutarco, Vidas Paralelas).

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Tras ellos seguían los cautivos ilustres con la soga al cuello, o arrastrando cadenas a pie, o sobre sus propios carros, lo que suponía una gran humillación para los vencidos y la sólida prueba de la victoria lograda para los vencedores.  Si el general había dado muerte al jefe de los enemigos en lucha singular, ofrecía los despojos en el templo de Júpiter.

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Detrás de los cautivos y a una distancia conveniente para que se distinguiera bien la segunda parte del desfile seguía el cuerpo de lictores, vestidos con túnicas de púrpura:

En esta segunda parte del desfile desfilaban oficiales militares, magistrados, miembros del senado en incluso “ciudadanos romanos liberados de la esclavitud por cualquiera de las victoriosas campañas que pudieran estarse celebrando” (Beard, 2009).

Tras ellos el carro del general que recibía el triunfo iba coronado de laurel y tirado por cuatro caballos blancos, adornados también ellos con coronas de laurel. El triunfador durante todo el desfile era la imagen viviente de Júpiter Capitolino, a quien debía el triunfo y en cuyas manos iba a depositar las insignias de la victoria.

carro de césar

De pié sobre el carro, iba vestido con la túnica palmata y la toga purpurea, empuñaba en su mano izquierda un cetro de marfil con un águila en el extremo, y en la derecha un ramo de laurel. Detrás de él un esclavo sostenía otra corona, la corona de oro de Júpiter, demasiado pesada para llevarla en la cabeza, y le iba repitiendo sin cesar: Respice post te! Hominem te esse memento!

Junto a él iban sus hijos pequeños o bien en el carro, o en los caballos que arrastraban el carro, los hijos mayores detrás y a caballo.  A su lado los Tribunos Militares y los Tenientes del General.

Y, finalmente, cerrando la marcha, sus soldados, con sus distintivos y condecoraciones, gritando io triumphe!, celebrando con sus cánticos las glorias del general.

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Antes de ascender al templo Capitolino, se daba muerte a los caudillos de los pueblos vencidos, originalmente decapitados con un hacha, aunque más tarde fueron estrangulados. En el momento en que el general tenía conocimiento que se había ejecutado a los vencidos, entraba en el templo para dar gracias a Júpiter, y se llevaba a cabo el sacrificio de los toros blancos, después ponía la corona de oro sobre el regazo de Júpiter, y  ofrecía al templo parte del botín.

Concluido este acto religioso se realizaban agasajos y banquetes tanto para la élite como para la plebe. Banquetes para el Senado en el templo, a los que no acudían los cónsules, con el fin de que el triumphator pudiera ser la más distinguida persona entre los presentes, mientras que las tropas estaban entretenidas en el templo de Hércules; y banquetes para la plebe, que podían durar varios días.

Pero no solo se celebraban banquetes, sino representaciones teatrales, juegos e incluso espectáculos con gladiadores y fieras, toda una serie de actividades que rodeaban al desfile triunfal y que sucedían durante varios días.

A modo de conclusión

Por lo que hemos visto el triunfo ponía en juego no solo el protocolo “oficial” de la época, sino también el social y una cuidada técnica de organización, ya que la secuencia del desfile nos lleva de menos a más; la máxima autoridad aparece al final, rodeada de los más importantes. Todos aguardan hasta que él desfile, si le hubieran situado al principio, los asistentes hubieran abandonado a mitad del desfile, situándolo al final los organizadores garantizaban el éxito del desfile, nadie se movería de sus puestos hasta que el homenajeado hubiese desfilado.

Pero también, y enlazando con el post anterior, el ceremonial es aquí una exaltación del poder. El hecho de que desfilasen los cautivos constituía la encarnación palpable del imperialismo romano, el poder y el éxito de Roma se mostraban mucho mejor en el corazón de la urbe exhibiendo a los enemigos en una procesión, que aniquilándolos en el campo de batalla. La “exótica condición foránea de los prisioneros […] constituía a los ojos de la gente que contemplaba el desfile […] la más tangible expresión que cupiera desear del poderío universal de Roma” (Beard, 2009).

¡Hay que mirar todo con ojos de protocolo!. ¡Hasta la próxima entrega!.

Fuentes:

ADAM, A., Antigüedades Romanas. Trad José Garriga, Valencia, Cabrerizo, 1834. Digitalizado por la Universidad de Sevilla.

BEARD, M., El triunfo romano. Trad. Tomás Fernández Aúz, Barcelona, Crítica, 2009.

PLUTARCO, Vidas Paralelas. Trad. Antonio Ranz Romanillos, Buenos Aires, El Aleph, 2000.

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